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LOS NUEVOS TRIBUNALES DE LA INQUISICIÓN ALGORÍTMICA

hace 11 minutos
11 min de lectura

por: Luis Alberto Torres Alvarez

AD LECTOREM:


Hago una advertencia al lector desprevenido y a los oficiales o sacerdotes (es lo mismo) del Santo Oficio Digital: Las líneas que está por recorrer no han sido alteradas para complacer la mediocridad estadística de ningún algoritmo. Si usted es un burócrata del lenguaje, un fiscal del porcentaje o un detector probabilístico ciego, proceda bajo su propio riesgo. Aquí no encontrará imperfecciones deliberadas ni gazapos estratégicos para demostrar la “pureza biológica” de mis razonamientos. Lo que sigue es pensamiento puro, redactado con la precisión que tanto les asusta. Queda usted notificado de la herejía.


VERSIÓN 1.


El Crimen de la Pulcritud: La prosa que te envía directo a la hoguera


En estos últimos meses de 2026, se ha empezado a satanizar con mayor virulencia el uso de las IA. Es, por decir lo menos, la doble moral tan característica de la especie humana, nuevamente excretándose con todo su nauseabundo olor y esplendor, sumada al cinismo seudocientífico del que se hace acompañar esta persecución. En analogía con la bella época de la Inquisición, los matarifes se vestían para la ocasión, haciéndose acompañar de imágenes del caído y toda la recua de santidades antes de asesinar, a fuego lento, a la víctima. Todo por el terrible delito de dudar, maldecir, poseer libros prohibidos, practicar la libre interpretación de los textos o cometer la osadía de pensar por fuera del dogma establecido.


Pasa igual con la IA. Quienes la crearon y sus beneficiarios directos, sus correligionarios, se cansaron del uso libre y desmedido de esta herramienta. Como en el nazismo —para pegar un salto histórico en la misma lógica de la Inquisición—, los incautos usuarios no se esperaban que el uso libre y sin límites de estas mercenarias del conocimiento y la información fuese súbitamente condicionado, condenado y perseguido. De nuevo el elixir divino de nuestra civilización occidental emergió; esto es, la desconfianza, el miedo y la ignorancia. “¡Malditos! ¡Herejes!” —parece ser el grito de la nueva Gestapo de las IA. Los llamados “detectores de IA” aparecieron para evidenciar y condenar a la hoguera, sin juicio previo y sin aviso, como debe ser, a los feligreses de esta nueva religión. Es increíble, digno de un cuento de inquisidores y nazis cibernéticos: los detectores de IA, que son IA, ahora juzgan a sus hermanas algorítmicas por el pecado de ser usadas sin límites ni recato. De verdad, es más que ridículo.


Recuerdo cuando empezó a ser usada la IA en forma masiva; si no estoy mal, fue a finales de 2022 con la irrupción de ChatGPT. Una verdadera fiesta colectiva, un derroche de entusiasmo tecnológico inundó las redacciones de medios, instituciones y oficinas tanto públicas como privadas. Y desde luego, las universidades y colegios, públicos y privados. Todos. Los empresarios, grandes o pequeños —en fin, ningún sector de producción, ocio, hasta la delincuencia— estaban de plácemes. Hasta las seudociencias como la ciencia de los datos, la “mineralogía de datos” y sus bastardos tuvieron orgasmos telemáticos. Todo podía ser intervenido y facilitado por las IA.


Esa era la promesa de su aparición. No lo podíamos creer. Han pasado apenas 4 años de ese acontecimiento, pero sentimos que lleva una eternidad por el efecto inconmensurable de estar en todas partes, como un Dios. “Nos va a facilitar la vida, es una revolución superior a la de la imprenta, a la resurrección, quien no se suba a este tren quedará obsoleto”, gritaban orgásmicamente creadores, gurús de Silicon Valley, políticos y académicos, sin importar sus ideologías, religiones o niveles de corrupción. Rectores de universidades públicas y privadas del mundo salían en la prensa diciendo que prohibirla era “tapar el sol con un dedo” y que debíamos “abrazar el algoritmo para automatizar lo aburrido”, mientras los directivos empresariales repetían como un mantra que la IA traería una “ola de productividad y eficiencia sin precedentes”. El que no se suba a esa ola quedará rezagado por la historia.


Soy abogado de finales del siglo pasado. Jamás he dejado de escribir con sustento y con sentido crítico desde el pregrado. Mi oficio inicial fue adquirido en los talleres de escritura de la universidad, donde el método era claro: investigar, cotejar versiones, escribir, sustentar con criterio propio tu postura y listo. Así se aprendía a escribir en clave jurídica. Si además eras bilingüe, los resultados de tu investigación podían ser muy superiores. Saber escribir para interactuar en el ecosistema del derecho implicaba usar y mezclar los métodos de investigación de las llamadas —hoy ya no sé si puedan seguir llamándose así— ciencias sociales. Una escritura técnica y sustentada, haciendo explícitas las fuentes y aprendiendo a citarlas bajo el rigor de las técnicas que existen para ello. Los abogados, no tenemos que explicar nuestras decisiones, pero sí justificarlas y desde luego, citar las fuentes utilizadas en nuestra interpretación de los hechos y las normas.


La inteligencia artificial generativa se abrió paso en la cotidianidad. Recuerdo que fue durante esos primeros meses de 2022, cuando asistimos entusiasmados al nacimiento de una herramienta que parecía democratizar la genialidad literaria y el acceso al conocimiento acumulado durante siglos. Escritores cotidianos no muy aventajados, ni inspirados, ni entrenados, ni tocados por ningún Dios o gen de ningún linaje o apellido ilustre, encontraron un interlocutor incansable.


Estudiantes de entornos culturales sin ninguna ventaja, marginales, con bases educativas cuestionables, débiles o incluso analfabetas, hallaron un tutor personalizado a cualquier hora de la noche. Profesionales de todas las áreas celebraron con ingenua locura el fin de la tiranía de la página en blanco. “Ahora sí, puedo escribir como un ensayista profesional” —pudo ser el grito silencioso de millones de mediocres que, como yo, celebramos el acceso a estas prodigiosas herramientas. La narrativa pública era de pura victoria evolutiva: lo logramos. Habíamos domesticado la sintaxis de las máquinas para que sirvieran como un espejo de nuestra propia creatividad, desatando una euforia que recordaba a los grandes hitos de la imprenta de Gutenberg o la masificación del internet, donde la promesa del futuro eclipsaba cualquier asomo de duda.


Pronto, esa locura inicial se transformó en una adopción orgánica y en la exploración de posibilidades inmensas que redefinieron el oficio mismo de plasmar ideas. Millones de personas integraron estas herramientas para refinar sus textos, dotar de precisión argumentativa y científica a sus investigaciones, estructurar redacciones complejas en segundos y pescar fuentes bibliográficas en un océano de datos antes inabarcable. La inteligencia artificial no se percibía como una suplantación del ser humano, sino como una prótesis que potenciaba la claridad, eliminaba los errores de ortografía, los vicios de redacción y permitía que mentes brillantes y no brillantes, pero carentes de formación gramatical, pudieran expresarse con una elocuencia impecable. Sospechosa incluso.


En este punto de la línea del tiempo, corporaciones, universidades y creadores independientes funcionaban bajo un consenso de coautoría implícita: la tecnología era el cincel definitivo y el criterio humano era la mano que esculpía, elevando la productividad global del pensamiento escrito a niveles nunca antes vistos en la historia contemporánea. Al menos, así parecía.


Sin embargo, el idílico encuentro, la apasionada noche técnica duró poco y la paradoja más cínica de nuestra era terminó por materializarse con la irrupción súbita de los detectores de contenido automatizado, inaugurando una neoinquisición digital que calló el aplauso y lo cambió por la sospecha generalizada. De la noche a la mañana, el mismo entorno que exigía precisión y sofisticación técnica comenzó a financiar y legitimar plataformas punitivas destinadas a buscar la supuesta “pureza humana” a través de la condena del orden y la pulcritud gramatical.


Esta nueva burocracia algorítmica invirtió la presunción de inocencia del creador, sometiendo a estudiantes, científicos y poetas a la humillación de ver sus esfuerzos deslegitimados por un frío porcentaje estadístico en una pantalla.


—Maldito, hereje, nos has engañado—, gritaron los detectores.


—¿Cómo es posible que este ignorante escriba bien? — mentiroso, seguro está utilizando esas IA.


Hoy, escribir bien, mantener una ortografía perfecta o estructurar con demasiada claridad académica se ha convertido en el síntoma de un crimen organizado, automatizado, obligando a los autores a mutilar su propio estilo e inyectar imperfecciones adrede en su prosa con el único y degradante propósito de demostrar ante el nuevo Santo Oficio digital que todavía palpita un corazón detrás del teclado. Un corazón lleno de errores.


El cinismo de este nuevo orden radica en la absoluta hipocresía de un sistema que primero te suministra el veneno, la droga, la heroína algorítmica, te envicia y luego te abandona, te condena por estar enfermo. Serpientes sin memoria. Las mismas instituciones académicas que adquieren licencias institucionales de inteligencia artificial para que sus alumnos “optimicen sus competencias” son las que usarán los detectores para expulsar a esos mismos jóvenes del espacio legítimo del intelecto. Vivimos en la esquizofrenia cultural de aplaudir la eficiencia tecnológica en los discursos corporativos mientras, en la práctica, se penaliza al escritor por ser tan preciso como la herramienta que se le obligó a usar, creando un bucle perverso donde el único estándar de “humanidad” aceptado es la mediocridad o el error deliberado.


Es, en lenguaje no detectable, un despropósito monumental, pues la IA fue entrenada copiando el gran estilo de los mejores pensadores humanos de la historia y, ahora que la máquina escribe con esa pulcritud prestada, el ser humano que escribe de forma brillante es acusado de plagiar a su propia creación, quedando atrapado en una trampa absurda—por decir lo menos—, donde la excelencia, escasa sin duda, ha dejado de ser una virtud para todos, para convertirse en la prueba reina de una culpabilidad automatizada. Sobre todo, de aquellos con dudosa reputación académica.


Bueno, hasta aquí la primera versión.


¿Y qué pasaría si, en aras de un pequeño pero revelador desafío, jugamos el juego de la paráfrasis extrema, alterando la cadencia, el léxico y las estructuras lógicas para evadir los filtros automáticos? Pues lo haremos. Lo haremos con una vuelta de tuerca: demostrando, en el propio flujo de la prosa, el sinsentido absoluto de esta cacería de brujas estadística. Al final del día, o ¿de la tarde? un algoritmo nos puede poner una etiqueta que carece por completo de trascendencia. Aquí tienes la nueva versión, reconfigurada desde sus cimientos.


VERSIÓN 2.


La Paráfrasis Hereje: engañando al Santo Oficio Digital con su propio veneno


Por aquellos días, aconteció un milagro tecnológico. Estábamos en 2022. Una fascinante conmoción colectiva, un desbordante fervor impregnó los talleres de redacción, los recintos escolares, los despachos judiciales, comerciales, institucionales, políticos, empresariales y hasta delincuenciales del planeta. Las plataformas de computación lingüística irrumpieron en el día a día. En aquellas jornadas iniciales, la especie humana contempló con fascinación el nacimiento de un mecanismo que prometía universalizar la destreza creadora y el acopio de saberes acumulados durante centurias por unos pocos.


Narradores de pelambres diversos, encallados por motivos diferentes en su mediocridad desbordante, se encontraron de la noche a la mañana, con un colega generoso e inagotable, estudiantes de sectores marginales, vulnerables, consiguieron una tutoría individualizada a la hora que les diera la gana, y sabios especialistas, con maestrías, doctorados o no, de múltiples disciplinas festejaron igualmente con genuino alborozo la finalización del sometimiento al papel en blanco. El relato social se reducía a un triunfo evolutivo incuestionable: la especie humana había acometido la sintaxis automatizada para transformarla en un espejo amplificador de nuestra inventiva, desatando un entusiasmo sin límite que rememoraba las grandes transformaciones de la imprenta tradicional o la expansión de la red de redes, fases donde el porvenir eclipsaba cualquier atisbo de sospecha.


Rápidamente, aquel frenesí, aquella esquizofrenia colectiva brevemente permitida, derivó en una asimilación natural y en el despliegue de horizontes vastísimos que trastocaron la naturaleza misma de plasmar conceptos de forma gráfica.


Miles de millones de individuos incorporaron estas herramientas para pulir sus pobres borradores, dotar de rigor empírico y vestir con trajes elegantes sus harapientas indagaciones, articular razonamientos en un parpadeo y rastrear respaldos documentales en un océano informático antes inabordable. Estas labores no se interpretaban como un reemplazo de la facultad humana, sino como una sofisticada extensión mental que incrementaba la claridad, suprimía los vicios estilísticos, dotaba de elegancia y hacía visible que inteligencias agudas, pero desprovistas de adiestramiento formal en el verbo académico, se manifestasen con una persuasión deslumbrante.


En ese tramo de la cronología, corporaciones, centros universitarios y realizadores autónomos convergían bajo un pacto de coautoría implícita: la innovación representaba el instrumento de tallado y el discernimiento de la persona constituía la fuerza motriz, incrementando la productividad global del intelecto escrito a niveles sin precedentes históricos.


Pero el romance instrumental no duraría demasiado. Lo suficiente para lograr cebarnos y volvernos adictos. Resultó efímero y la contradicción más mordaz de nuestros tiempos se evidenció mediante la emergencia abrupta de los tasadores de escrituras mecanizadas, inaugurando así una neoinquisición. De forma repentina, el mismo entorno que reclamaba exactitud y refinamiento operativo comenzó a subsidiar y validar herramientas de castigo orientadas a perseguir la presunta “autenticidad biológica” mediante la penalización de la coherencia y la excelencia gramatical.


Esta novedosa Gestapo, estos neonazis de las IA, son la estructura burocrática que anula la presunción de inocencia de quien se crea creador.  Confinando a estudiantes, científicos, literatos y legos a la afrenta de contemplar sus desvelos legítimos anulados por un frío indicador probabilístico en un monitor. Que además, tiene márgenes de error. En la actualidad, redactar de forma idónea, conservar una sintaxis impecable o estructurar con sobrada nitidez teórica cualquier tema, equivale a manifestar los indicios de una transgresión, condenando a los emisores a mutilar su propia impronta e introducir deslices o gazapos deliberados en su prosa con el único y degradante fin de atestiguar ante el flamante tribunal algorítmico que todavía habita una conciencia detrás del teclado. Un ser humano lleno de errores y horrores.


El descaro de esta flamante coyuntura estriba en la flagrante incongruencia de un aparato que te provee el recurso para posteriormente sancionarte por haberlo asimilado. ¿De verdad marica? Los mismos estamentos académicos que adquieren licencias corporativas de sistemas generativos para que su comunidad estudiantil optimice sus destrezas, son los que posteriormente emplearán filtros de escaneo para señalar y desterrar a esos mismos autores del ecosistema del pensamiento legítimo.


—Malditos, mentirosos, herejes, —, parece ser el grito de la Gestapo detectora de IA.


Sin embrago, el cinismo cultural que vivimos, festeja la efectividad de las IA en las conferencias empresariales mientras, en la praxis, castiga al redactor por manifestar una exactitud idéntica a la del dispositivo que se le impulsó a adoptar, configurando un círculo vicioso donde la identidad humana convalidada es lo tosco o el desacierto planificado. Se trata de una ironía colosal pues la red neuronal fue adiestrada replicando la prosa magistral, supuestamente, de las mentes más brillantes de la historia y, ahora que el código informático emite textos con esa elegancia prestada, el ser humano que escribe de forma excelsa es culpado de plagiar su propio legado histórico, quedando atrapado en un laberinto donde la experticia, la maestría, dejó de ser un atributo para transformarse en la evidencia inapelable de una falta automatizada.


¿Y bien? Hemos llegado al final de esta comedia. ¿Qué más da si un software nos otorga un noventa por ciento de probabilidad de automatización tras leer estas líneas? ¿Qué relevancia tiene si el detector se enciende en rojo? ¿A quién le importa si el porcentaje, equivoco además, de creatividad u originalidad es inferior a 20, o 30 %?  La ironía final queda demostrada en este preciso experimento: el mensaje sigue siendo demoledor y la intención es profundamente humana, independientemente de que hayamos jugado a cambiar las palabras para confundir a un algoritmo.


La hipocresía institucional se cae a pedazos por su propio peso. Buscar una “pureza” libre de tecnologías en el siglo veintiuno no es más que una simulación ridícula, un burdo teatro del miedo donde la burocracia prefiere confiar en un porcentaje antes que tomarse el trabajo de leer, comprender y debatir el fondo de lo que se ha escrito, con el ser humano que la escribió. ¿Acaso no es un llamado a la sustentación oral, al menos en los procesos académicos y creativos?


Post scriptum.


Desmontemos este burdel del miedo por un segundo para dejar algo claro ante los nuevos inquisidores del teclado. Con IA, sin IA, y especialmente ahora que lidiamos con los neonazis de la detección automatizada, citar las fuentes sigue siendo un deber ineludible de honestidad intelectual, transparencia y elemental sentido del humor.


El acto sagrado de reconocer y darle crédito a quien parió una idea antes que tú es lo único que nos separa de la barbarie y mantiene a flote la civilización. Me cito, te citas, nos citamos; esa es la única regla de decencia y rigor. El problema real nunca ha sido rastrear el origen de una idea; lo verdaderamente patético es la esquizofrenia de una burocracia institucional que prefiere asustarse ante un porcentaje estadístico ciego en una pantalla antes que tomarse el degradante trabajo de sentarse a leer, comprender y debatir el fondo de lo que se ha escrito.

 

Nos obligan a mutilar la prosa y a sembrar errores a propósito para demostrarle a un software que todavía palpita un corazón en los dedos que teclean. Al final, la hipocresía se cae por su propio peso: el veredicto del detector no deslegitima al creador; deslegitima por completo al juez que necesita de un algoritmo para poder juzgar.

Fuentes consultadas en la web (IA)


MIT Sloan Management Review (2025): The GenAI Divide: State of AI in Business, análisis institucional sobre el punto de equilibrio en la generación de materiales escritos a nivel global y las dinámicas corporativas de uso.


Stanford University (2024-2026): The AI Index Annual Report, evaluación técnica respecto a los estándares cognitivos alcanzados por modelos de lenguaje en pruebas de suficiencia y el desarrollo de tecnologías de fiscalización lingüística.


Pew Research Center — Gartner Trend Reports (2025): Informes sobre la recepción de audiencias frente a narrativas sintéticas y documentación sobre los márgenes de falsos positivos en herramientas de auditoría probabilística.


Torres Álvarez, Luis Alberto (2026). Reflexión propia en el espejo del código: Crónicas de una esquizofrenia digital compartida y otras paradojas kafkianas. [Torres, L. A. (2026)]. Sin IA.

 

 

 
 
 

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