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EL AGOTAMIENTO DE UNA SUPREMACÍA: ¿UNA HEGEMONÍA EN DECLIVE?

hace 7 horas
12 min de lectura

Por: Luis Alberto Torres Alvarez


Ad lectorem


El 4 de febrero de 2025, en un memorable discurso en el Senado, Bernie Sanders utilizó tres palabras para caracterizar el rumbo de su país: oligarquía, autoritarismo y cleptocracia. Al vincular la concentración de la riqueza con la captura del Estado por una minoría, el senador por Vermont desnudó una fractura trágica: la distancia entre una élite corporativa que conduce al país al abismo y unos ciudadanos que padecen sus consecuencias. Esta dolorosa desconexión entre la clase dirigente y la sociedad civil es un fenómeno patéticamente usual en las democracias del mundo, y en las latinoamericanas en especial.


El ascenso y posterior avasallamiento de esta clase cleptócrata, elitista y oligarca no es un evento fortuito; comenzó a fracturar el orden global de manera evidente hace una década, hacia el año 2016. Fue en ese momento cuando la inestabilidad financiera mundial demostró que el sistema ya no podía gestionarse exclusivamente desde el aislamiento de Washington y Wall Street, mientras la hegemonía estadounidense pretendía apagar de forma remota sus incendios periféricos —como ocurrió con la normalización y expansión del programa de drones bajo la administración Obama—.


Ante el agotamiento actual de ese régimen, la mirada obligatoria hoy es la del historiador. Allí donde el análisis inmediato o la egolatría de la ciencia política, el derecho y la sociología encuentran sus límites para explicar la degradación de esta cúpula, la historia introduce el tiempo y la comparación para ampliar el panorama. Es, con acierto, la ciencia del contexto.


No pretendo hacer futurología ni convertir ahora a China en el sustituto automático de Estados Unidos; criticar una perspectiva no me hace defensor o adepto de otra. La hipótesis es más sencilla de lo que parece: se trata de examinar si la “descomposición” de esa élite descrita por Sanders coincide con un cambio estructural en la supremacía estadounidense a partir de su demografía, capacidad productiva, economía y poder militar. Para ello acudo a Fernand Braudel, Paul Kennedy y Emmanuel Todd, cuyas investigaciones nos sacan del análisis superficial o de “mera opinión” tan común por estos días en redes y medios. La inteligencia artificial es solo una arista; un distractor, el asunto de fondo es comprender cómo se transforma el poder cuando cambian las condiciones materiales que lo sostienen. Lo que sigue no busca entregar respuestas anticipadas, sino aportar elementos para que el lector formule sus propias preguntas con mayor conocimiento de causa.


Más allá de la coyuntura


Hay una pregunta que conviene formular antes de hablar de inteligencia artificial: ¿Qué ocurre cuando una potencia que durante décadas ha ocupado la posición central del sistema internacional comienza a perder las condiciones materiales que hicieron posible esa centralidad? ¿Se trata de anunciar el fin inmediato de Estados Unidos, y afirmar que China va a sustituirlo? ¿El mundo se encuentra a la espera de un nuevo centro que le indique qué hacer? Esa lectura pertenece todavía a la vieja representación bipolar del poder. La hipótesis es distinta: Estados Unidos puede estar entrando en una fase prolongada de pérdida de primacía mientras el sistema internacional se vuelve más policéntrico, menos predecible y menos susceptible de ser organizado desde Washington.


La cuestión merece ser examinada desde la historia comparada y la larga duración, porque durante los últimos dos milenios hemos acumulado suficiente evidencia para saber que las grandes potencias no conservan indefinidamente la relación entre población, producción, tecnología, finanzas, capacidad militar, cohesión social y proyección exterior que sostiene una posición hegemónica. Fernand Braudel nos enseñó a desconfiar de la historia reducida al acontecimiento; Paul Kennedy nos mostró la relación entre capacidad económica y sobre extensión estratégica; Emmanuel Todd insistió en que las transformaciones demográficas, familiares, educativas, religiosas e industriales pueden revelar modificaciones profundas de una sociedad antes de que estas sean reconocidas por sus élites políticas. Ninguno de estos enfoques por sí solos permite predecir mecánicamente el futuro. Sí permiten formular preguntas históricas que una lectura coyuntural suele ignorar.


La primera de las cuestiones es demográfica. La población actual de China se estima en 1412 millones de habitantes (exactamente 1 412 067 437). ¿Podemos ignorar esto en los análisis políticos y financieros? El poder de una sociedad no depende exclusivamente del número de habitantes, pero tampoco puede prescindir de él. La población determina el tamaño potencial de los mercados, la disponibilidad de fuerza laboral, la estructura etaria, la capacidad fiscal, la reproducción del conocimiento y, en el largo plazo, las condiciones materiales de una economía. La transición demográfica mundial está modificando radicalmente esa relación. La fecundidad global pasó de 3,31 hijos por mujer en 1990 a 2,25 en 2024; más de la mitad de los países ya se encuentran por debajo del nivel de reemplazo y China figura entre los países con fecundidad ultra baja. La ONU advirtió además que en numerosos países cuya población ya alcanzó su máximo resulta extraordinariamente improbable recuperar una fecundidad de reemplazo durante las próximas décadas.


Una comparación simple entre Estados Unidos y Asia no consiste en determinar quién tiene y tendrá más habitantes. Estados Unidos ha compensado históricamente parte de sus limitaciones demográficas mediante inmigración y mantiene una estructura poblacional diferente de la de varios países asiáticos; China, por su parte, enfrenta un envejecimiento considerable y una reducción demográfica que tampoco puede ser ignorada. El dato decisivo es otro: la gravitación demográfica y económica mundial se desplazó hace mucho tiempo fuera del Atlántico Norte. Asia concentra una proporción extraordinaria de la población mundial, con aproximadamente el 58.6% a septiembre de 2026. Esto significa que 6 personas de cada 10, en todo el planeta, viven en el continente asiático.


Simultáneamente, una parte creciente de la producción, el comercio, la urbanización, la investigación y las cadenas industriales se concentra en Asia, consolidando al continente como el verdadero epicentro económico y demográfico del planeta. El problema estadounidense no consiste entonces en que vaya a quedar sin habitantes, sino en que su peso relativo debe ser entendido dentro de una estructura mundial en la que la escala asiática no puede tratarse como una variable periférica, sin importancia. Ese cambio de escala es precisamente el tipo de transformación que una lectura braudeliana obliga a incorporar.


Durante buena parte del siglo XX, la superioridad estadounidense podía asociarse con una combinación excepcional de producción industrial, innovación científica, capacidad financiera, infraestructura, energía y mercado interno. Esa combinación hizo posible la extraordinaria posición de Estados Unidos después de 1945. Pero la economía mundial dejó de organizarse alrededor de esa única concentración productiva. China constituye aquí una evidencia difícil de minimizar. Miremos cifras.


En 2024, el valor agregado de la industria —incluida la construcción— equivalía al 36,5 % del PIB chino, frente al 17,3 % en Estados Unidos según los datos del Banco Mundial. La diferencia no permite concluir que China domine todos los sectores tecnológicos ni que Estados Unidos carezca de industria; permite establecer que la estructura productiva china conserva una densidad industrial que Estados Unidos perdió hace décadas. A ello se suma su inserción comercial. La UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo) registró que la participación china en el comercio mundial de mercancías pasó de aproximadamente el 7 % en 2007 a más del 13 % en 2024. En 2025, China y Estados Unidos continuaron siendo los dos mayores actores del comercio internacional, mientras Asia concentró una parte sustancial de los flujos intrarregionales.


En 2024, el comercio Sur-Sur alcanzó los 6,2 billones de dólares y ya representaba el 26 % del comercio mundial de mercancías, frente al 11 % en 2000. Esta información cambia la pregunta. No se trata de saber ingenuamente si China “va a reemplazar” a Estados Unidos. Se trata de reconocer que la economía mundial ya contiene una masa industrial, comercial y tecnológica cuya existencia modifica las condiciones en las que Estados Unidos ejerce su poder.

 

¿Seguimos en Hollywood?


El tercer asunto es América Latina: durante décadas, buena parte de nuestra representación del mundo fue construida desde un horizonte informativo desde el atlántico. Mediado absolutamente por los medios estadounidenses. Asia aparecía fundamentalmente como mercado, como proveedor de mercancías baratas, como escenario de conflictos o, en épocas más recientes, como amenaza estratégica. La dimensión productiva, científica, tecnológica, demográfica e institucional de las transformaciones asiáticas llegó mucho más tarde al debate público latinoamericano y, con frecuencia, filtrada por categorías elaboradas en Estados Unidos y Europa. No hace falta imaginar una conspiración editorial para comprender el fenómeno.


Los sistemas de producción de conocimiento tienen centros de financiación, redes universitarias dominantes, agencias internacionales, grandes medios, bases de datos, lenguas de circulación científica y jerarquías de prestigio. Aquello que esos sistemas consideran relevante adquiere visibilidad; aquello que queda fuera de sus prioridades puede permanecer durante años en una zona de marginalidad. El resultado para América Latina fue y ha sido particularmente problemático: mientras nuestras sociedades discutían durante décadas el lugar que Estados Unidos ocupaba en el mundo, el peso económico de Asia se transformaba a una velocidad que nuestras propias estructuras educativas, mediáticas y políticas no siempre registraron. La consecuencia no fue solamente “ignorancia supina sobre China”. Es una forma de dependencia intelectual; esto es, conocer el mundo principalmente a través de las categorías producidas por los centros de poder que históricamente han organizado nuestra inserción internacional.


Datos recientes muestran hasta qué punto esa representación quedó rezagada respecto de la realidad. En 2026, una encuesta del Pew Research Center realizada en 36 países encontró que, en la mayoría de los países consultados, China recibía una valoración más favorable que Estados Unidos; en América Latina, China era ligeramente mejor valorada que Estados Unidos y, en cuatro de los seis países estudiados —Argentina, Chile, México y Perú—, la opinión favorable hacia China superaba a la favorable hacia Estados Unidos. En Colombia, las valoraciones de ambos países fueron aproximadamente equivalentes.


En los seis países latinoamericanos estudiados, grandes mayorías consideraron que Estados Unidos intervenía en los asuntos de otros países, y en Colombia el 75 % expresó esa percepción, frente a 30 % respecto de China. Estos datos no permiten afirmar que América Latina constituya un bloque político “prochino”, ni que sus poblaciones tengan una percepción homogénea de Estados Unidos. De hecho, la misma investigación muestra que las sociedades latinoamericanas pueden mantener simultáneamente vínculos económicos, políticos y culturales importantes con ambos países. Lo que sí muestran es que la antigua superioridad simbólica estadounidense ya no puede darse por descontada. En 2025, además, el Pew había encontrado que en Argentina, Brasil y México el número de personas que consideraba a China la principal potencia económica mundial había aumentado, mientras que en varios países de ingresos medios Estados Unidos aparecía también como una amenaza importante.


Aquí aparece una contradicción que Washington suele interpretar de manera ingenua y sencilla. El llamado Sur Global no constituye un bloque ideológico y no está esperando a China. Tampoco existe una posición única frente a Estados Unidos. Lo que existe es una combinación mucho más compleja de dependencia, cálculo, memoria histórica, interés económico, temor y creciente autonomía. Los Estados siguen comerciando con Estados Unidos porque necesitan su mercado, su sistema financiero, sus tecnologías o sus inversiones; al mismo tiempo, diversifican sus relaciones porque saben que depender de un único centro de poder tiene costos. La UNCTAD registró que en 2025 las economías en desarrollo enviaron los 1,7 billones de dólares de exportaciones a Estados Unidos y 1,4 billones a China. Para América Latina, Estados Unidos continuó siendo el principal destino de sus exportaciones, pero China se consolidó como un socio comercial de primera magnitud.


El comercio Sur-Sur alcanzó los 7,2 billones de dólares en 2025. Esta conducta no corresponde a una sustitución imperial ordenada. Corresponde a una diversificación del poder. El Sur Global puede desconfiar de Estados Unidos y continuar dependiendo parcialmente de él; puede comerciar intensamente con China sin adoptar su modelo político; puede reclamar autonomía sin constituir una alianza homogénea. La aparente contradicción desaparece cuando se abandona la lógica binaria que tanto criticamos en este blog informativo. Los países actúan conforme a intereses múltiples y superpuestos, no son totalmente lineales.


Una luz de neón, titilando a lo lejos entre la niebla


Desde esta perspectiva, el problema estadounidense adquiere otra dimensión. Una potencia puede conservar durante mucho tiempo una enorme capacidad militar y financiera después de haber perdido parte de la ventaja industrial relativa que sostuvo su primacía. Precisamente esa divergencia fue central en la argumentación de Kennedy. En su interpretación de la historia de las grandes potencias, el peligro aparece cuando los compromisos estratégicos exceden progresivamente la capacidad económica necesaria para sostenerlos. En 1987 Kennedy ya advertía sobre la posibilidad de lo que llamó “una sobre extensión estadounidense”, comparándola con procesos observados anteriormente en España, los Países Bajos y Gran Bretaña. El dato contemporáneo exige una lectura cuidadosa: Estados Unidos continúa siendo, con enorme diferencia, el país con mayor gasto militar del planeta.


En 2025, por ejemplo, destinó aproximadamente 954 000 millones de dólares a defensa, frente a unos 336 000 millones de China. Por lo tanto, no existe fundamento serio para afirmar que Estados Unidos haya perdido ya su superioridad militar global. Lo que sí puede discutirse es la relación entre ese extraordinario esfuerzo militar y la evolución de su base económica, sus compromisos internacionales, su endeudamiento y su capacidad política para sostener simultáneamente todos los objetivos que se atribuye.


Por eso, la reacción de la administración Trump debe leerse dentro de esa tensión, sin convertirla en una explicación totalizante. El retorno al nacionalismo económico, el proteccionismo arancelario, la presión sobre aliados, la insistencia en el gasto militar y la recuperación de una política energética centrada en petróleo y gas pueden interpretarse como instrumentos destinados a reconstruir la capacidad nacional y el margen de maniobra. La propia administración ha presentado la expansión de la producción energética fósil como un componente central de su estrategia económica y de seguridad. Esa orientación también ha supuesto el retiro estadounidense del Acuerdo de París.


El punto históricamente relevante no consiste en atribuir cada decisión a una conspiración para conservar la hegemonía petrolera, sino, en observar que frente a una transformación del sistema mundial, el Estado estadounidense está intentando defender mediante instrumentos políticos y geoeconómicos una posición que ya no puede sostenerse únicamente mediante la superioridad productiva que caracterizó la segunda mitad del siglo XX. El militarismo, el proteccionismo y la política energética pueden ser comprendidos, en esta lectura, como mecanismos de adaptación de una potencia que enfrenta una modificación de las condiciones externas de su primacía.


Esto devuelve el análisis a otro de nuestros invitados en esta reflexión. Emmanuel Todd. Su interés para este problema no está en convertirlo en profeta del derrumbe estadounidense, sino en recuperar un método. Todd ha insistido en que las sociedades deben estudiarse a partir de estructuras que no aparecen necesariamente en la superficie del discurso político, como la fecundidad, la mortalidad, la educación, la composición familiar, la secularización, la capacidad industrial y la organización social. Su célebre anticipación de la desintegración soviética fue precisamente una juiciosa lectura de esas estructuras, antes de que el acontecimiento político las hiciera visibles.


Aplicar esa perspectiva a Estados Unidos exige abandonar tanto el “triunfalismo estadounidense” como la “fantasía de un reemplazo chino”. La pregunta— no bipolar y menos delirante— es si las tendencias demográficas, industriales, fiscales, educativas, sociales y geopolíticas actuales pueden seguir reproduciendo durante las próximas décadas la misma posición internacional que Estados Unidos ocupó después de 1945.


Esta es, por supuesto, una hipótesis histórica y no una sentencia judicial. Estados Unidos conserva recursos excepcionales y posee una capacidad de adaptación que cualquier análisis serio debe incorporar. China también enfrenta problemas demográficos, financieros, tecnológicos y geopolíticos de gran magnitud. Europa carece de una estrategia unificada. India está construyendo su propia trayectoria. América Latina no ha resuelto su dependencia de los mercados externos. África atraviesa transformaciones profundas pero extraordinariamente desiguales. No existe, por tanto, ninguna razón para suponer que el final de la primacía estadounidense produzca automáticamente una nueva hegemonía china. Lo que sí resulta cada vez más difícil de sostener, es que el mundo pueda continuar interpretándose, como si las condiciones materiales de 1945, 1970 o 1991 permanecieran intactas.


Las I. A: espejos distractores


Tal vez ahí resida la verdadera paradoja de la inteligencia artificial. Mientras una parte considerable del debate occidental se concentra en si las máquinas llegarán a controlar a los seres humanos, deberíamos prestar mayor atención a otra forma de pérdida de control, que es la dificultad creciente de una potencia para controlar las condiciones históricas que hicieron posible su propia centralidad. La inteligencia artificial puede procesar cantidades gigantescas de información, pero la información no sustituye la interpretación histórica. Una base de datos puede registrar poblaciones, fábricas, flujos comerciales, patentes, presupuestos militares, reservas monetarias y redes logísticas. El problema intelectual comienza cuando esos datos deben relacionarse entre sí y convertirse en una hipótesis sobre una transformación histórica que todavía está ocurriendo.


Eso exige algo que ninguna estadística contiene por sí misma: creatividad, pensamiento sistémico, comparación histórica, imaginación y capacidad para reconocer configuraciones antes de que se conviertan en hechos consumados. Por eso esta no es una tesis sobre China. Es una tesis sobre Estados Unidos. Y más exactamente, sobre la posibilidad de que estemos observando una fase avanzada de deterioro de una supremacía que durante décadas pareció natural, inevitable y permanente. No sabemos todavía cuánto durará el proceso ni qué forma adoptará. Tampoco sabemos qué sistema surgirá de él. Lo que sí podemos hacer es dejar de confundir la persistencia del poder con la permanencia de la hegemonía.


La historia no suele avisar cuando una época termina. No es una pitonisa. Los contemporáneos continúan viviendo dentro de sus instituciones, utilizando su moneda, consumiendo sus productos, obedeciendo sus reglas y reproduciendo sus categorías intelectuales. El reconocimiento posterior parece sencillo porque retrospectivamente los procesos adquieren una coherencia que casi nunca tuvieron mientras estaban ocurriendo. Nuestra tarea es otra: preguntarnos si algunas de esas señales ya están delante de nosotros.


Post scriptum


En un entorno saturado de algoritmos, análisis de veinticuatro horas e inteligencias artificiales que nos inundan de respuestas rápidas, detenerse a revisar las condiciones materiales, la demografía y la historia de larga duración es un acto de rebeldía intelectual. Este ensayo nació de la revisión de archivos de hace una década, y abre una interrogante: ¿qué leeremos de nuestro presente dentro de otros diez años? Gracias por llegar hasta el final de estas líneas. Si el texto les dejó más preguntas que certezas, el objetivo de este rincón académico y crítico se habrá cumplido.

Fuentes y autores consultados


Libros y Ensayos históricos


Fernand Braudel. Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII. Madrid: Alianza Editorial, 1984 (edición en tres volúmenes).


Paul M. Kennedy. Auge y caída de las grandes potencias: cambio económico y conflicto militar de 1500 a 2000. Barcelona: Debolsillo, 2010 (Traducción de José Ferrer Aleu).

Emmanuel Todd. La derrota de Occidente. Madrid: Akal, 2024 (Colección A Fondo).


Emmanuel Todd. Después del imperio: ensayo sobre la descomposición del sistema estadounidense. Madrid: Akal, 2004.


Informes Estadísticos y Demográficos


Naciones Unidas. World Population Prospects 2024 (Department of Economic and Social Affairs, Population Division). Datos oficiales de la vigesimoctava edición del informe de la ONU.


Pew Research Center. How do views of the U.S. and China compare in Latin America? Washington, D.C. (Julio, 2026). Estudio de opinión pública basado en una muestra de más de 42,000 personas en 36 países (incluyendo Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú)

 
 
 

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