LA TOMA DE PARÍS: POSTALES DEL SUR GLOBAL EN EL CORAZÓN DE LA REPÚBLICA FRANCESA
Por: Luis Alberto Torres Alvarez
AD LECTOREM:
Aviso al lector que la reflexión que está por iniciar se aparta, de forma deliberada, del lugar común de los análisis facilistas de gobiernos y redes controlados. No encontrará aquí la acostumbrada retórica de oficina que justifica la violencia ni el discurso políticamente correcto que pretende tapar las verdaderas causas del colapso con clichés biempensantes.
La breve reflexión que propongo se sostiene sobre los hombros de un análisis técnico y académico profundo e inevitable: la de economistas y sociólogos de primer orden cuyo único interés es el diseño de un verdadero estado de bienestar —hoy en pleno desmantelamiento— y la morigeración urgente de un capitalismo que insiste en enriquecer a unos pocos a costa de la exclusión de las mayorías. Lea bajo su propio riesgo. Si prefiere las certezas cómodas de los informativos superficiales tradicionales, aquí no encontrará esas complacencias.
¿Otra vez?: Las promesas de la ilustración tardía incumplidas
Esos “estallidos sociales”, como los llaman las corporaciones que dirigen los medios y los grupos que detentan el poder político hoy, en Francia y Europa, con la intención de crear la sensación al mundo que son eventos aislados, inesperados, desbordados de violencia sin ninguna justificación, y que hoy sacuden a las sociedades europeas, no aparecieron de improviso ni pueden reducirse a la irresponsabilidad de una generación, a la agitación de minorías radicalizadas o a una supuesta epidemia de irracionalidad colectiva de la cultura “woke”.
Sus antecedentes, para no irnos más lejos, se remontan a la ruptura progresiva del pacto social de la posguerra del siglo pasado, cuando la desindustrialización, la flexibilización laboral, el debilitamiento de las organizaciones obreras y la reorientación fiscal de los Estados comenzaron a erosionar las condiciones materiales sobre las cuales se había construido la promesa europea de movilidad social. Entendamos bien lo anterior, antes de continuar, para comprender las verdaderas causas de lo sucedido.
La historia de los estallidos sociales franceses y europeos no comenzó en octubre de 2026. Mucho antes de que las vitrinas de París, Milán o las calles de otras ciudades se convirtieran en imágenes dramáticas que recorrieron el mundo, las transformaciones del sistema económico habían comenzado a erosionar las bases materiales del pacto social al que se comprometió el Estado. Seamos serios en los análisis.
Fue justamente Thomas Piketty, un destacado economista francés, quien advirtió que el capitalismo contemporáneo, lejos de corregir espontáneamente sus desigualdades, tiende a reproducir y profundizar la concentración patrimonial cuando la rentabilidad del capital supera persistentemente el crecimiento de la economía. El profesor Piketty alcanzó reconocimiento internacional con la publicación de su libro El capital en el siglo XXI, en 2013, donde analizó datos históricos de más de dos siglos para demostrar cómo el rendimiento del capital crece en forma más acelerada que la economía general y los salarios, lo que amplía la brecha de desigualdad.
Para explicarlo de manera sencilla: quien posee una fortuna puede hacerla crecer más rápido que quien no la tiene y tan sólo depende de su salario para vivir. Si además, esa diferencia se mantiene durante mucho tiempo, la riqueza tiende a concentrarse en quienes ya la poseen. ¿Es claro? La conclusión evidente y central de Piketty es que el capitalismo, tal y como está planteado, no garantiza, por sí solo, que la riqueza se distribuya de manera más equitativa a medida que crece la economía. Por el contrario, la concentración patrimonial puede reproducirse de una generación a otra, porque quienes heredan grandes fortunas parten de una ventaja económica que no tienen quienes dependen exclusivamente de su salario, de su trabajo.
En una frase: la economía puede crecer sin que la mayoría de las personas participe proporcionalmente de ese crecimiento, porque quienes ya poseen una gran riqueza tienen mayores posibilidades de seguir acumulándola. Es un resultado matemático. Ahora, al anterior razonamiento agréguele el siguiente análisis surtido por Loïc Wacquant, sociólogo también de origen francés quien formuló en 1996 por primera vez el concepto de “marginalidad avanzada” para explicar cómo la precarización del trabajo, la retracción de la protección social y la concentración territorial de la pobreza producían nuevas formas de relegación y marginalidad urbana.
En las periferias francesas, la crisis de los empleos industriales, la estigmatización de los barrios populares y la exclusión persistente de los descendientes de inmigrantes, la mayoría hijos de las antiguas colonias francesas, fueron configurando una fractura que se manifestó en las primeras revueltas de 2005 e hicieron imposible seguir ignorando la situación de precariedad de miles de migrantes y nativos. No se trataba de una anomalía circunscrita a los suburbios de París, sino de la expresión territorial de transformaciones económicas y políticas más amplias, capaces de reproducir, bajo distintas formas nacionales, la inseguridad material, el desarraigo social y la pérdida de expectativas de generaciones enteras.
¿Libertad, igualdad y fraternidad?
Convertidas estas pretensiones en legados y principios universales desde 1789, promulgadas en la Revolución francesa, debían ser las guías para superar las jerarquías heredadas y garantizar que el nacimiento no determinara el destino. El Estado social de la posguerra del siglo XX tradujo parcialmente ese horizonte en derechos laborales, educación pública, sanidad, vivienda protegida y mecanismos de redistribución; sin embargo, la universalidad proclamada convivió con una integración desigual de las poblaciones procedentes de las antiguas colonias y de sus descendientes.
El universalismo republicano francés, fundado en la "igualdad formal" del ciudadano y en la subordinación de las identidades particulares a una comunidad política común, terminó mostrando sus límites cuando la pretensión de tratar a todos como individuos iguales, ante la ley, imposibilitó, en determinadas circunstancias, el reconocimiento de las discriminaciones que afectaban a grupos étnicos y sociales concretos.
Desde 1978, Francia adoptó un modelo estadístico que, en nombre de la protección de la privacidad y del ideal republicano de una ciudadanía sin distinciones étnicas, restringió la recopilación de datos sobre el origen racial o étnico de las personas. Esta decisión tuvo una consecuencia política concreta: hizo más difícil identificar, cuantificar y demostrar estadísticamente la discriminación que sufren las poblaciones de origen inmigrante, especialmente sus descendientes nacidos en Francia, que son ciudadanos franceses pero pueden seguir siendo objeto de exclusión por su apellido, apariencia o procedencia familiar.
Aunque existen métodos alternativos para investigar estas desigualdades, la falta de información comparable en numerosos registros oficiales limitó la capacidad de dimensionar el problema y evaluar las respuestas institucionales. Así, el universalismo republicano, concebido para garantizar que todos sean iguales ante la ley, terminó convirtiéndose también en una limitación para reconocer estadísticamente que esa igualdad formal no siempre se traduce en igualdad de trato y de oportunidad.
Posteriormente, con las normas de 2004 —que blindaron la prohibición de censos étnicos y la ley que vetó el velo islámico en los colegios públicos—, se produjo la imposición por la fuerza de una “igualdad formal”, no real. Bajo la excusa de que todos debían ser idénticos ante la República en el espacio público, el Estado terminó poniendo una venda sobre el racismo y la segregación socioeconómica que asfixiaba a los suburbios periféricos. El resultado fue que, al quedarse sin herramientas legales para reconocer y corregir esa desigualdad, la tensión acumulada en las calles quedó completamente invisibilizada por las instituciones hasta que la realidad social explotó con virulencia en los disturbios de 2005.
En esa lógica, desde 2005 hasta el presente año 2026, es decir, 21 años después, lo que se produjo fue un profundo agravamiento del abandono institucional y la segregación. Durante estas dos décadas, los sucesivos gobiernos prometieron y prometieron grandes inversiones de renovación urbana que solo maquillaron la superficie; en el fondo, las banlieues vieron cómo se deterioraba su educación, se encarecía drásticamente el costo de vida y continuaban las barreras sistémicas para la inserción de una población migrante de tercera y cuarta generación cada vez más numerosa y marginada.
Más tarde, a lo largo de este período, el aparato estatal optó por la vía de la represión y la sospecha permanente. En lugar de mejorar la calidad de vida en forma integral, abrir el debate sobre el racismo o reformar la actuación policial que, había dejado precedentes trágicos como la muerte del joven Nahel en 2023, las instituciones francesas siguieron utilizando el escudo del laicismo y la supuesta “neutralidad republicana” para criminalizar la identidad de estos barrios vulnerables. Con lo cual, el resultado fue que en este octubre de 2026 la situación volvió a estallar con una virulencia destructiva inédita.
Al haberse acumulado más la exclusión deliberada, la falta de profesores, el aplazamiento en la atención a la salud y encarecimiento de la vida en las periferias desatendidas, la actual oleada de revueltas sobrepasó los límites históricos. La rabia no solo fue mayor por el crecimiento demográfico y el empobrecimiento de los suburbios, sino porque los manifestantes dirigieron su hostilidad de manera directa, masiva y frontal contra los propios símbolos arquitectónicos de esa República que tanto les prometió y que solo les entregó olvido y represión.
POST SCRIPTUM:
Resultó cruel e irónico contemplar a través de las redes de los protagonistas, todo el horror en este octubre de 2026. Las imágenes que inundaron telediarios internacionales, mostrando tanques en las calles, nubes de gas lacrimógeno, comercios saqueados, toques de queda y un Estado desbordado por la marginalidad urbana, configuraron una estampa distópica que la soberbia europea siempre catalogó como asuntos exclusivos del Tercer Mundo, del “Sur Global”, como prefieren llamarnos ahora, desde la distancia de la hipocresía del lenguaje protocolario y diplomático.
Bienvenidos al espejo, Mesdames et Messieurs. Pasen adelante. No teman perderse en el reflejo. Europa pasó décadas exportando recetas de austeridad y mirando con condescendencia las crisis de legitimidad y las revueltas en Latinoamérica, convenciéndose a sí misma de que su superioridad institucional y fiscal era inmune al descontento. Hoy, las imágenes de París o Milán no envidian en nada a las crónicas más crudas de ésta, nuestra periferia global. Resulta que las matemáticas de la desigualdad no entienden de denominaciones de origen; el subdesarrollo social y la segregación también se pueden vivir en perfecto francés.
Fuentes bibliográficas y documentales consultadas:
Piketty, Thomas (2014). El capital en el siglo XXI. Traducción de Eliane Cazenave Tapie Isoard. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.
Wacquant, Loïc (2001). Los condenados de la ciudad. Gueto, periferias y Estado. Traducción de Horacio Pons. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
Institut National de la Statistique et des Études Économiques (INSEE) (2023). Éditions INSEE, Colección Insee Références. (Compendio estadístico de la República Francesa que desglosa mediante variables indirectas el desempleo, la precariedad habitacional y las barreras laborales que sufren las poblaciones de origen magrebí y sus descendientes).
Vie Publique - Direction de l'Information Légale et Administrative (DILA) (2022). Chronologie de l'évolution du droit de la nationalité et de l'immigration en France (1945-2022). París: Portail de l'Administration Française. (Registro archivístico oficial del Estado francés sobre las reformas legislativas de las décadas de 1980 y 1990 en materia de asilo, reagrupación familiar y endurecimiento del derecho de ciudadanía).

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