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El macho ungido (Ciro* ) y los riesgos para la democracia colombiana

Actualizado: hace 8 horas

Por: Luis Alberto Torres Alvarez.


Este blog y esta comunidad no se sitúan en una pretendida neutralidad que, en contextos de disputa democrática profunda, suele funcionar más como forma de indiferencia que como virtud intelectual. Partimos de una defensa explícita de la democracia constitucional colombiana, de la igualdad de derechos y oportunidades, y del reconocimiento de las diversidades sociales, culturales, de género y ambientales que la Constitución de 1991 ha ido consolidando como conquistas históricas.


Colombia ha construido, con todas sus tensiones y contradicciones, un marco jurídico que protege derechos fundamentales, ampara la pluralidad y reconoce la igualdad como principio estructurante. Desde esa perspectiva, cualquier proyecto político que relativice, deslegitime o ponga en riesgo estos consensos no es una opción equivalente dentro de un espectro democrático neutral, sino un motivo legítimo de crítica.


En este escenario, la contienda política actual no puede leerse únicamente como una disputa entre programas de gobierno. Expresa una confrontación entre formas de entender la autoridad, la ciudadanía y la democracia misma. De un lado, proyectos que se inscriben dentro del lenguaje constitucional, institucional y de los derechos, con sus tensiones y límites. Del otro, una figura política que articula un discurso de orden, confrontación y liderazgo vociferante, acompañado de una fuerte teatralización del poder, donde el cuerpo, el gesto y el tono cumplen una función central en la producción de autoridad.


En el caso de Abelardo De la Espriella, estos elementos adquieren una densidad e impronta particular. Su trayectoria ambivalente como abogado ha estado atravesada por controversias públicas, así como por debates sobre su papel en la representación de actores altamente cuestionados en la vida política y económica del país, junto con señalamientos periodísticos ampliamente discutidos sobre su entorno profesional y sus vínculos con estructuras paramilitares investigadas judicialmente, tanto en Colombia como en Estados Unidos.


Más allá de la discusión jurídica puntual, lo que emerge es la tensión entre una retórica de orden moral y un campo de prácticas que ha operado en zonas oscuras del sistema. A ello se suma una narrativa política donde la conversión espiritual, el lenguaje de guerra a muerte y la idea de misión superior refuerzan una forma de liderazgo que trasciende el programa y se instala en el terreno de la redención.


Por si fuera poco, en un acto público ampliamente difundido, el candidato fue asociado —y en ciertos registros simbólicos asumió— la figura de una especie de “Ciro”, en un contexto donde sectores religiosos y patrióticos lo han descrito como un “ungido”. Más allá de la literalidad del episodio, lo relevante es el mecanismo que revela: la construcción de un liderazgo que busca situarse por encima de la política como portador de una misión excepcional. La ironía histórica de Ciro el Grande es que fue interpretado como “ungido” por la tradición bíblica, pero actuaba desde una lógica pragmática de poder imperial. Un recurso estratégico a lo sagrado, en la búsqueda de liderazgo carismático.


Abelardo de la Espriella despliega una puesta en escena fuertemente histriónica y calculada que evoca la teatralidad autocrática del siglo XX, caracterizada por una postura rígida de mentón elevado y ademanes percutivos que proyectan una severidad inquebrantable. Esta estética del liderazgo "alfa" e inflexible, traza una analogía directa con la gestualidad de Benito Mussolini, compartiendo el uso del desdén visual, la mirada fija y una narrativa de orden que se manifiesta físicamente a través de expresiones de rechazo visceral hacia sus opositores. Al igual que los dictadores del pasado, de la Espriella concibe la política como un espectáculo de masas que apela a las emociones primarias de su audiencia; sin embargo, moderniza este arquetipo mesiánico al fusionar la severidad marcial con el lujo, el individualismo y el marketing digital del siglo XXI, transformando la vieja coreografía del poder en un producto altamente consumible para las redes sociales contemporáneas.


En este contexto, el liderazgo político mostrado tiende a adoptar formas cuasi religiosas: la política deja de ser gestión de lo común para convertirse en escenario de redención, restauración o salvación de unos sobre otros. El “líder” deja de ser un actor institucional para convertirse en portador de destino, misión o salvación colectiva. La política se vuelve religión y la ciudadanía comienza a organizar su adhesión en términos de fe más que de deliberación.


Desde esta perspectiva, la figura del liderazgo “ungido” no es un accidente retórico, sino un síntoma de esa estructura más amplia y peligrosa. El riesgo democrático aparece cuando el liderazgo es leído como destino y no como contingencia política. En ese momento, la crítica se transforma en herejía, y el desacuerdo en amenaza moral. A ello se suma un fenómeno contemporáneo adicional: la circulación de códigos culturales propios de las llamadas “manósferas” digitales y de imaginarios asociados a un poder masculino fuerte, competitivo y jerárquico.


En estos universos simbólicos, la autoridad se vincula con la dominación, la autoafirmación agresiva y el desprecio de la deliberación como debilidad. En su versión política, estas lógicas se traducen en estilos de liderazgo donde la fuerza, el carácter y la confrontación sustituyen la construcción institucional del consenso.


Leído en conjunto, este fenómeno no es marginal. Es una forma contemporánea de sacralización del liderazgo masculino desbordado, donde el poder se legitima no por su anclaje institucional, sereno, sino por su capacidad de representar orden, decisión y superioridad simbólica. Desde una perspectiva crítica del patriarcado, este conjunto de elementos pretende reactualizar una figura histórica recurrente: el macho providencial. El líder que promete restaurar, como sea, la fuerza, el orden, disciplinar la sociedad, la nación. Y no es una novedad, sino la reiteración de una forma de autoridad profundamente arraigada en sociedades jerarquizadas. Una historia que conocemos y que ya pasó. Su riesgo no es únicamente programático, sino democrático: desplaza el centro de la política desde las instituciones hacia el individuo.


El contraste, entonces, no es simétrico ni meramente electoral. No se trata de equivalencias automáticas entre proyectos, sino de advertir tensiones entre una democracia constitucional que ha ampliado el reconocimiento de derechos —incluida la igualdad de género, la diversidad y la protección ambiental— y la posibilidad de proyectos totalitarios que tienden a tensionar o relativizar esos consensos en nombre del orden, la autoridad o la restauración. La pregunta de fondo no es solo quién gobierna, sino qué tipo de democracia se está dispuesto a sostener.


Frente a la tentación recurrente del salvador providencial, del “macho ungido”, la defensa de la democracia exige sostener algo más frágil y menos espectacular: la primacía de las instituciones, la igualdad de las personas y el derecho a la duda como principio político.


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*Elegir contemporáneamente a un ser humano como si fuera "Ciro" (Ciro II el Grande (c. 600–530 a. C.), fundador del Imperio Aqueménida, el primer Imperio persa, como modelo de salvador es un error estratégico e histórico.  No sólo es anacrónico, es utilizar la fe para validar a gobernantes autoritarios bajo la premisa de que son "instrumentos divinos", ignorando sus fallas éticas. Esta narrativa contradice el principio de que la continuidad y seguridad de un pueblo deben basarse en el esfuerzo propio y en valores éticos compartidos y no en los intereses transitorios de imperios o mecenas políticos de otros contextos y épocas.

 
 
 

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