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Tibios, pero no turbios...

Contra el macho providencial, la duda como virtud democrática



Por: Luis Alberto Torres Alvarez

 

Una de las lecciones que la humanidad debió aprender después del siglo XX fue a desconfiar de quienes prometen la salvación colectiva. El siglo pasado fue un gigantesco laboratorio de pruebas y errores. Fascistas, comunistas, nacionalistas, supremacistas y revolucionarios de toda índole compartían una convicción fundamental: la historia les había entregado la razón y el futuro les pertenecía. Ninguno admitía límites. Ninguno concebía la posibilidad de estar equivocado. El resultado es conocido: guerras mundiales, genocidios, campos de concentración, gulags, limpiezas étnicas y millones de muertos sacrificados en nombre de causas supuestamente superiores.


Conviene hacer una precisión. Criticar los extremos no implica afirmar que todas las causas políticas sean equivalentes. La defensa de los derechos humanos, de las libertades fundamentales, del pluralismo democrático y de la dignidad humana constituye uno de los mayores aprendizajes surgidos de las tragedias del siglo XX. Aprendizajes que hoy parecen relegados u olvidados por los nuevos mesías y salvadores. Lo que merece ser cuestionado no es ese legado, sino la tentación recurrente de convertir cualquier convicción, incluso las más legítimas, en una verdad absoluta impermeable a la crítica, al debate o a los límites institucionales. También merece ser examinada la ética de los medios empleados para alcanzar los fines propuestos. La democracia constitucional exige ciudadanos con convicciones; exige ciudadanos capaces de sostenerlas sin destruir las condiciones que permiten convivir con quienes piensan distinto.


Sin embargo, como advirtió Peter Sloterdijk, los fanatismos rara vez desaparecen; simplemente cambian de forma. La promesa de redención sigue siendo una de las mercancías más rentables de la política. Lo que ayer se organizaba en partidos de masas, hoy circula a través de redes sociales, algoritmos y ejércitos digitales. Los viejos profetas han sido reemplazados por influencers políticos, tecnócratas mesiánicos, empresarios providenciales y líderes que afirman interpretar mejor que nadie la voluntad popular. Cambian los escenarios. Permanece intacta la fascinación por el salvador.


La situación resulta aún más preocupante porque coincide con una transformación cultural descrita por Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio. El filósofo surcoreano sostiene que las sociedades contemporáneas se han convertido en sociedades del rendimiento, de la auto explotación y de la erosión de la capacidad contemplativa. Vivimos rodeados de información y, sin embargo, cada vez pensamos menos. La velocidad ha sustituido a la reflexión. La reacción ha reemplazado a la deliberación. El escándalo produce más atención que el argumento. La indignación genera más clics que el razonamiento. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para conocer el mundo y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil encerrarse dentro de una burbuja emocional de supuestas certezas.


Sloterdijk ofrece una explicación complementaria en Ira y tiempo. Allí analiza la ira y el resentimiento como fuerzas históricas y políticas fundamentales de la modernidad. Desde esta perspectiva, buena parte de la política contemporánea puede entenderse como una economía organizada del resentimiento. Los movimientos políticos funcionan como bancos de ira: captan agravios, los almacenan y prometen una futura reparación moral contra los culpables. La izquierda identifica a sus responsables; la derecha también identifica los suyos. Unos apuntan a las élites económicas; otros a las élites culturales. Unos denuncian al capital; otros a los migrantes, los feminismos o las minorías. Los nombres cambian. Lo constante es la necesidad de tener un enemigo. Para los extremos, siempre resulta indispensable señalar a alguien como responsable de todos los males y mantener así viva la indignación de sus seguidores.


La ira es un combustible eficaz porque sustituye el pensamiento. Pensar exige tiempo; odiar es inmediato. Pensar obliga a matizar; odiar simplifica. Pensar exige reconocer la complejidad del otro; odiar garantiza pureza moral. Por eso los extremos prosperan. No ofrecen explicaciones del mundo; ofrecen culpables del mundo que padecemos. En ese contexto, la moderación se vuelve sospechosa. Quien duda de los extremos es acusado de traición. Quien matiza los radicalismos es leído como enemigo. La política contemporánea deja de ser deliberación para convertirse en una guerra de insultos. Ya no importa lo que se dice, sino desde qué orilla o tribu se dice.


Quizá por eso los llamados outsiders tampoco son tan nuevos como parecen. Muchos de ellos se presentan como una ruptura del sistema mientras reorganizan nuevas élites económicas, tecnológicas o políticas. Del mismo modo, una parte de las izquierdas contemporáneas sigue atrapada en una concepción expansiva del Estado-nación, propia del siglo XX, como si la ampliación burocrática pudiera resolver problemas que hoy son estructuralmente distintos. Ambos extremos comparten una misma tentación: concentrar poder en nombre de fines opuestos.


Esa lógica me recuerda la metáfora de Richard Buckminster Fuller, uno de los precursores de la sostenibilidad contemporánea. Fuller afirmaba que habitamos una nave espacial llamada Tierra: un sistema finito, frágil y compartido donde nadie puede sobrevivir solo. Vista desde esa perspectiva, la política deja de ser una guerra de salvación para convertirse en un problema de administración común. No se trata de vencer enemigos. Se trata de evitar el naufragio.


Colombia, como otros países de América Latina y Europa, no escapa a esta dinámica. La conversación pública parece organizada alrededor de agravios simétricos que se alimentan mutuamente. Mientras unos depositan su esperanza en la demolición institucional, otros la depositan en la expansión indefinida del Estado. Entre ambos polos, la deliberación democrática se debilita y el desacuerdo legítimo comienza a ser tratado como una forma de traición. Y en ese vacío, la política vuelve a ser lo que tantas veces fue durante el siglo XX: una disputa por la apropiación del poder, del Estado, de los mercados y de la cultura en nombre del pueblo y contra un enemigo supuestamente absoluto.


Existe además una continuidad más profunda que rara vez se menciona: la persistencia de una forma de ejercicio del poder basada en la figura del líder providencial, del ungido. Hombres que hablan en nombre de todos, que interpretan al país como una unidad moral, que reducen el disenso a una amenaza y que presentan sus proyectos políticos como la única vía legítima para alcanzar la redención colectiva. Cambian los discursos, pero permanece la misma estructura: confrontación, personalismo, desconfianza frente al pluralismo y necesidad de un enemigo que legitime la propia identidad política.


No deja de ser revelador que esta forma de liderazgo siga asociada, una y otra vez, a un mismo imaginario de poder masculino. El macho, el caudillo, el comandante, el salvador, el patriarca de la tribu política. Figuras convencidas de que gobernar consiste en imponer, corregir, disciplinar o derrotar adversarios. Desde perspectivas ideológicas opuestas, los extremos suelen coincidir en una misma fascinación por el hombre fuerte: el que nunca duda, nunca rectifica, nunca escucha y jamás reconoce límites. Tal vez una de las tareas pendientes de nuestras democracias consista precisamente en cuestionar esa herencia. No solo porque ha producido formas recurrentes de autoritarismo, sino porque ha empobrecido nuestra comprensión del liderazgo, reduciéndolo a una exhibición permanente de fuerza y confrontación. En ese sentido, la renovación democrática exige también una renovación de las masculinidades políticas: menos obsesionadas con la dominación y más capaces de convivir con la complejidad, el reconocimiento, la incertidumbre, la cooperación y el desacuerdo.


He ahí otro problema de nuestro tiempo: la aparición recurrente de líderes convencidos de que su misión es salvarnos. Cuando eso ocurre, la política deja de ser un espacio de deliberación y vuelve a convertirse en una guerra moral. Por eso vale la pena en el contexto colombiano, reivindicar a los tibios que no indiferentes, ni oportunistas. Me refiero a quienes todavía conservan la capacidad de dudar cuando todos exigen certezas, de reflexionar cuando todos exigen obediencia y de escuchar cuando todos gritan y exigen pertenencia. En una época dominada por fanáticos, la duda no es una debilidad ni una muestra de miedo. Es una forma de resistencia ética e intelectual. Y no hay nada que incomode más a los fanáticos que alguien que todavía conserva el hábito de reflexionar.


Obras consultadas


Fuller, Richard Buckminster. Manual de instrucciones para la nave espacial Tierra.

Barcelona: Rosamarón, 2003. (Edición original: Operating Manual for Spaceship Earth, 1969).


Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder, 2012.


Han, Byung-Chul. No-cosas. Quiebras del mundo de hoy. Barcelona: Taurus, 2021.


Sloterdijk, Peter. Ira y tiempo. Ensayo psicopolítico. Madrid: Siruela, 2010.

 

 
 
 

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