Elecciones: príncipes contemporáneos, machos providenciales y la rentabilidad algorítmica del odio
Por: Luis Alberto Torres Álvarez
Terminadas las elecciones en Colombia, y con el país entrando en esa habitual fase de entusiasmo retrospectivo, expectante, en la que todos declaran haber ganado algo, se abre paso una pregunta menos festiva pero más relevante. Qué tipo de alineación o alienación internacional acompaña este nuevo ciclo político.
No es un detalle menor que el reciente giro del liderazgo colombiano se produzca en un contexto regional marcado por la reconfiguración de alianzas bajo la influencia directa de Donald Trump y su renovada escuela de seguridad hemisférica, conocida como el “Escudo de las Américas”. Presentado como una estrategia de sospechosa cooperación contra el narcotráfico, este dispositivo funciona también como un lenguaje político de alineación y alienación ideológica donde la cercanía con Washington ya no es solo diplomática sino también simbólica, narrativa y material. En ese marco, las expresiones de afinidad con ese universo político no pueden leerse como gestos aislados sino como parte de un libreto más amplio en el que política exterior, seguridad y emocionalidad pública tienden a converger con los designios del príncipe de Norte América.
Una parte de la sociedad imagina que el nuevo gobernante resolverá todo, lo divino y lo terrenal, casi por sí solo, como si los problemas acumulados durante décadas pudieran disolverse en un solo movimiento político. Otra parte teme que su llegada desencadene una catástrofe irreversible. Sin embargo, ambas posiciones comparten un mismo supuesto, la creencia en el poder casi ilimitado del líder. Una ficción que no es nueva. El líder providencial, el caudillo contemporáneo, el mal llamado outsider, puede cambiar de signo ideológico, de lenguaje o de estética, pero mantiene una estructura constante, la de representar el destino colectivo en una figura excepcional.
Desde la psicología social del siglo XX se sabe que el odio entre grupos no es un fenómeno espontáneo ni inevitable. Puede ser inducido cuando se construyen narrativas de amenaza, competencia y exclusión. Hoy ese proceso ya no depende únicamente de la propaganda tradicional. Ha sido incorporado a la infraestructura cotidiana de las plataformas digitales. Los algoritmos y los sistemas de inteligencia artificial organizan información, aprenden qué emociones capturan mejor la atención y vuelven eficientes el miedo, la ira y el resentimiento. En ese sentido, el odio circula y se optimiza. Lo que hemos vivido o padecido en las contiendas electorales de la región da cuenta de ello en Argentina, Honduras, Perú, Brasil, Chile, Ecuador y ahora Colombia.
Las emociones negativas en sentido spinoziano se han convertido en el combustible más rentable y estable de la economía contemporánea de la atención. Cuanto mayor es la indignación, mayor es la interacción, y cuanto mayor es la interacción, mayor es la capacidad de modelar el comportamiento colectivo. Pero este sistema solo funciona porque encuentra sociedades fatigadas. La sobreinformación, la aceleración del consumo digital y la saturación de estímulos han producido un efecto silencioso y peligroso. La delegación progresiva del discernimiento. Comparar, matizar o verificar exige un esfuerzo que ya no compite bien en los entornos digitales. Se selecciona lo que facilita el juicio inmediato, lo que no exige demasiada reflexión.
En ese escenario reaparece la figura del macho providencial. No importa su orientación ideológica. Puede situarse en la izquierda o en la derecha. En cualquier extremo, preferiblemente. Puede presentarse como restaurador del orden o como representante del cambio. Su eficacia no depende de su programa sino de su capacidad para simplificar el mundo. Donde hay complejidad introduce claridad moral. Donde hay conflicto estructural introduce enemigos concretos. Donde hay incertidumbre introduce certeza. Y Colombia no es una excepción sino una variación local de una dinámica global.
Aquí, como en otras democracias contemporáneas, los ciclos políticos recientes producen figuras que se perciben o se presentan como investidas de una misión casi providencial, incluso mesiánica. Las diferencias ideológicas importan menos de lo que parece. Son excusas. Tanto los liderazgos que prometen ruptura como los que prometen restauración operan dentro de una misma lógica de economía emocional. La política se desplaza desde la deliberación hacia la identificación afectiva.
Por eso el filósofo Sloterdijk acierta al hablar de los “príncipes contemporáneos”. Figuras que no necesariamente concentran poder absoluto, pero representan el deseo persistente de que alguien lo haga. Ese deseo no disminuye. Se intensifica en sociedades que han delegado progresivamente su capacidad de juicio en sistemas técnicos, mediáticos y algorítmicos que seleccionan qué ver, qué sentir, qué temer, a quién amar, qué comprar, con quién hablar y a quién escuchar. El resultado es una paradoja simple. Cuanto más compleja se vuelve la realidad, más fuerte es la tentación de reducirla a una narrativa simple con un protagonista único. Quizás en el siglo XX se aprendió a fabricar enemigos mediante propaganda. En el siglo XXI se fabrican mediante algoritmos. Y el presente inmediato ha descubierto algo aún más eficiente. Fabricar enemigos es también fabricar salvadores.
Referencias y lecturas de apoyo
· Sloterdijk, Peter. Der Fürst und seine Erben. Über große Männer im Zeitalter der gewöhnlichen Menschen. Frankfurt am Main: Suhrkamp Verlag, 2026.
· Han, Byung-Chul. El espíritu de la esperanza. Barcelona: Herder Editorial, 2024.
· Sherif, Muzafer. Conflicto y cooperación entre grupos: el experimento de la Cueva de los Ladrones. Norman: University of Oklahoma, 1961.
· Tajfel, Henri. Grupos humanos y categorías sociales. Barcelona: Herder, 1984.
· Merton, Robert K. “La profecía autocumplida”. The Antioch Review, 1948. Ediciones en español en Fondo de Cultura Económica, México
Nota final
Las traducciones de Sloterdijk y otros materiales en alemán fueron consultadas con apoyo, cada vez más eficiente y preocupante, de sistemas de inteligencia artificial contemporáneos.


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