[ENTREGA 1 DE 2] EL PORNO EMOCIONAL DE ESTRATO 6: ALGORITMIA, LIKES Y EL LLORIQUEO DE VITRINA EN LAS URBES
- Luis Alberto Torres
- hace 8 horas
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Por: Luis Alberto Torres Álvarez
Ad Lectorem
Advierto al forastero, al paseante ocasional, que este espacio no participa del espectáculo de la absolución digital. La aprobación no ha sido un premio o destino para mí. No busco el like de la masa ni el aplauso de converso. Ejerzo mi derecho absoluto a la libertad de expresión, la crítica y el disenso intelectual. Sin jefes, sin el patético moralismo y la decencia —decadencia— exigida por la hipocresía política de cualquier extremo. Soy ético, que es distinto.
Hoy dedico estas líneas a desmantelar la moda fofa del iluminismo digital. Para efectos metodológicos y de respeto al lector, he dividido esta anatomía de la falacia tecnológica en dos entregas semanales. Hoy me ocuparé de la fantasía pueril urbana, según la cual, un puñado de hombres que se creen “privilegiados”, encerrados en sus microesferas de confort, asumen que sus lágrimas en redes operan como un paliativo, un elixir sanador capaz de redimir la violencia estructural contra las mujeres y otras identidades en Colombia.
La próxima semana, describiré lo sucedido en la ruralidad dispersa para analizar cómo las redes comunitarias intentan, con más uñas que recursos, confrontar este mismo monstruo, atrapadas en la paradoja de una tecnología que viaja más rápido que su propia pedagogía. Procedo, entonces, a describir la geografía material de la vitrina urbana frente a la ficción del algoritmo, salvaguardándome conscientemente del pecado adánico de la ingenuidad.
El error de origen de los programas de vitrina
En los últimos años, han proliferado en Instagram cientos de perfiles dirigidos especialmente a hombres, con denominaciones rimbombantes y consignas bienintencionadas como “Los hombres también lloran”, “Masculinidades colaborativas” u “Hombres en deconstrucción”. ¿Estas cuentas pretenden reducir y prevenir la violencia de género? ¿Sus administradores asumen que el volumen de interacciones, guardados y likes se traduce en una transformación social real?
Hay una perversa industria creciendo alrededor de la violencia de los hombres; una cofradía de la deconstrucción que descubrieron que denunciar el patriarcado puede ser mucho más rentable que transformarlo. El mecanismo es de una simpleza mercantil pasmosa. Se toma una tragedia social compleja, se la comprime en treinta segundos de formato reel, se le pone una frase contundente, una música nostálgica apropiada, una mirada de preocupación y se espera el milagro del algoritmo. Si funciona, llegan los seguidores; y con ellos, la monetización.
La violencia deja entonces de ser un problema que exige presupuesto, presencialidad e intervención institucional, y se convierte en contenido que exige audiencia. Nadie pregunta qué ocurre después del clic. ¿Qué pedagogía presencial hay? ¿Qué proceso territorial? Ninguno. Porque no existe un proceso de transformación en el no-lugar de la pantalla. Los seguidores de estos perfiles son, en su mayoría, hombres profesionales, universitarios, residentes de estratos 4, 5 y 6 que ya contaban de antemano con una sintonía ideológica. Estas comunidades operan como cámaras de eco donde el privilegio se valida a sí mismo. Lloran entre ellos y aplauden sus propios mínimos avances afectivos.
Es un club de lectura emocional de élite que confunde el aumento de sus métricas con un cambio cultural, con la disminución real de la violencia sobre las mujeres y otras identidades diversas. Peor aún, no les importa el resto del país; al ser entrevistados por investigadores independientes, algunos creadores respondieron con total desparpajo: “disculpe pero ese no es mi target”. Conmovedor.
El espejismo urbano y los cordones de miseria
La ceguera de estos iluminados de la pantalla se manifiesta al mirar las mismas urbes que habitan. Asumen que en Bogotá, Medellín o Barranquilla la conectividad es una garantía universal porque operan desde la burbuja geográfica del norte de la ciudad. Esta perspectiva ignora que las capitales colombianas, donde los índices de violencia contra las mujeres están disparados, se encuentran profundamente fracturadas socioeconómicamente. En Bogotá, por ejemplo, aunque el DANE registró una conectividad general engañosamente alta del 82,7%, esta cifra macro esconde que en los barrios periféricos y localidades del sur como Ciudad Bolívar, Bosa o Usme, la penetración del internet fijo de calidad cae drástica y permanentemente.
En estas zonas, el acceso se reduce a la intermitencia de datos móviles prepago de subsistencia. La brecha por ingresos medida por la CEPAL se vuelve tajante. En el quintil de menores ingresos de estas áreas urbanas, más del 40 % de las familias carece por completo de internet en sus casas. En los asentamientos informales de las capitales del Caribe, donde los feminicidios rompen récords históricos, las prioridades de los hogares son el acceso al agua potable y la seguridad alimentaria diaria. La noción de que una población sumergida en la vulnerabilidad extrema va a consumir el “porno emocional sanador” e higiénico de Instagram no es solo un error de cálculo; es un acto de profunda ignorancia.
La economía del tiempo y la exclusión algorítmica
Para entender el fracaso de este activismo digital de nicho es indispensable analizar la economía del tiempo. El consumo de contenidos digitales enfocados en el cuestionamiento de los privilegios exige lo que teóricos del consumo denominan un excedente de ocio cognitivo. Este ocio no es simplemente tiempo libre, sino la posesión de una holgura mental y material que permite la introspección. El hombre sumergido en la economía del rebusque informal en Colombia, que enfrenta jornadas laborales de 14 horas diarias como mototaxista en el Caribe o vendedor ambulante en el centro de Medellín para garantizar el sustento básico, no utiliza su excedente cognitivo en la búsqueda de esas vitrinas. Su energía vital está monopolizada por la supervivencia inmediata.
Mientras el Estado se escuda en cifras infladas para evadir su obligación de desplegar infraestructura estable y deflactar los presupuestos de atención presencial, los activistas digitales sustituyen las necesarias intervenciones pedagógicas institucionales en el territorio por campañas de redes sociales de nulo impacto práctico. Sin procesos de apropiación cultural y educativa directa, cara a cara, las estrategias virtuales contra la violencia de género no son más que un monólogo urbano que abandona los sectores marginales a su histórica desatención. El internet de vitrina es una plaza pública para el espectáculo, no un lugar para la transformación.
Próxima semana / Entrega 2: Antenas en el barro: La paradoja de las redes comunitarias y el “sesgo del papel” rural.
Describiremos la realidad de los territorios campesinos e indígenas que, mientras intentan montar redes autónomas para salvar vidas, descubren que el ciberacoso viaja más rápido que la pedagogía y que el Estado le cobra el espectro radioeléctrico a precio de monopolio corporativo.


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