VIVIR SIN MIRAR AL UNIVERSO NI AL PROFUNDO SUELO
- Luis Alberto Torres
- hace 2 horas
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Por: Luis Alberto Torres Álvarez
Ad lectorem
Escribo, en primer lugar, para honrar lo que estudié, investigué y sigo estudiando con amor y curiosidad infinita; para poner en orden mis dudas, opiniones, razonamientos y sentimientos. Así, creo reducir la distancia entre mi resonancia más profunda y el pensamiento que surge justo antes de convertirse en signos ortográficos y gramaticales. Escribo para descubrirme, retarme y obligarme a consultar diccionarios y diversas fuentes, tanto tradicionales como digitales, sobre los temas que me importan, impulsado por la certeza de que solo escribiendo hallo mi propio tono. Un tono que varía, inevitablemente, de acuerdo con aquello que estoy creando.
Esta vez, trataré de tejer con palabras una colcha de tres retazos. El último de ellos es una reflexión sobre los anteriores; dejo a expensas de quien lea el encontrar las similitudes entre uno y otro, sin que me importe el riesgo de ser incomprendido. El primer retazo surgió de la curiosidad por el cosmos que nació en mi adolescencia y que el tiempo me hizo olvidar; ahora me pareció pertinente saldar esa vieja deuda. El segundo retazo es más reciente. Obedeció a la búsqueda de una analogía o metáfora que hiciera más comprensible la historia del patriarcado; una especie de manual o ABC de este sistema de creencias milenarias que terminó por acercarme a la geología física y a las ciencias de la Tierra. De hecho, hace dos años me atreví a elaborar una analogía entre ambas disciplinas que compartiré en un escrito posterior; sin embargo, tras el reciente terremoto en Colombia, sentí la necesidad de anticipar un poco de la potencia y la paradoja de ese paralelismo. Por ahora, empecemos con estos retazos.
Primer retazo: Una mirada al universo
El 14 de febrero de 1990, la sonda espacial Voyager 1, un aparato propulsado por un corazón de plutonio que para ese momento llevaba exactamente 12 años, 5 meses y 9 días viajando por el espacio profundo, recibió una orden desde la Tierra. Debía girar su cámara hacia atrás, buscar el planeta azul en su trayectoria y tomarle una última fotografía desde la distancia. En ese instante, la nave se encontraba a unos 6000 millones de kilómetros, cruzando las fronteras conocidas del sistema solar tras superar la órbita de Neptuno, y avanzaba hacia el infinito interestelar en dirección a la constelación de Ofiuco, el portador de la serpiente.
La NASA lanzó esta sonda para explorar los planetas exteriores el 5 de septiembre de 1977 desde el complejo de lanzamiento de la Fuerza Espacial de Cabo Cañaveral, en Florida. Dos años más tarde, en 1979, el artefacto capturó las primeras imágenes detalladas de Júpiter y sus lunas; un año después, Saturno y sus anillos fueron mostrados con una nitidez jamás vista. En 1990, cuando recibió la orden de tomar aquella famosa foto, llevaba casi doce años y medio de travesía: la edad de un niño o una niña a punto de entrar en la adolescencia. Al ejecutar el comando, capturó una serie de imágenes donde la Tierra apareció como un píxel casi invisible; un punto, un destello suspendido en un rayo de luz solar reflejado por los lentes de la cámara.
Esa histórica fotografía, gestionada por el astrónomo Carl Sagan y mostrada al mundo cuatro meses después de haber sido tomada, demostró de forma poética, matemática y silenciosa la abrumadora insignificancia física de nuestro mundo frente a la escala del cosmos. La inmensa Tierra, nuestra casa, ocupó apenas 0.12 píxeles. Se veía como un destello casi imperceptible en un universo que parece no tener fin. A esa distancia, incluso nuestra Luna resultó invisible, dejando a nuestro planeta como una mota solitaria en la vasta oscuridad cósmica. (ver fotografía)
Tomada de https://n9.cl/yb7d5 24.08 2026 11:02 am.
Así como la sonda Voyager 1 fue arrojada hacia el universo, cada uno de nosotros, los seres humanos, somos lanzados desde una plataforma especial a este planeta. Dependiendo de la edad, la posición geográfica, las capacidades, las habilidades y un sinnúmero de circunstancias, cada individuo posee su propio récord. Con la ayuda de modelos matemáticos podemos calcular la cantidad de kilómetros recorridos en nuestra vida. En mi caso, fui lanzado a través de la maravillosa plataforma uterina de mi madre un 5 de enero de 1964 a las 2:45 a. m. Allí no hubo propulsión nuclear; el momento del nacimiento fue una eyección física violenta, un choque térmico y sensorial donde mi pequeño cuerpo fue empujado y arrojado hacia un universo exterior radicalmente distinto.
Desde entonces, sumando mi rutina de vida en Bogotá, mis vuelos laborales por Colombia y mis viajes fuera del país, he alcanzado una cifra aproximada de 505 667 kilómetros sobre la Tierra a mis 62 años de edad. La Voyager 1 realizaba ese mismo recorrido en tan solo 9 horas y 20 minutos de su viaje inicial, cuando apenas se alejaba de nuestro sistema. Hoy, tras más de 48 años de travesía incansable, la sonda ha recorrido más de 25 400 millones de kilómetros y se encuentra en el vacío del espacio interestelar, completamente sola y fuera de la burbuja heliosférica que nos protege.
A pesar de esa distancia, la máquina todavía es monitoreada por los ingenieros de la NASA a través de la Red del Espacio Profundo (Deep Space Network), un conjunto de antenas gigantescas repartidas por el mundo que intentan captar sus débiles señales. Comunicarse con ella se ha convertido en una tarea de paciencia extrema, en tanto que sus mensajes, viajando a la velocidad de la luz, tardan actualmente 23 horas y 34 minutos en llegar a nosotros, y cualquier orden que le enviamos tarda el mismo tiempo en ser recibida por sus sistemas. Se requieren casi dos días enteros para un simple “hola” de ida y vuelta.
Mientras tanto, su corazón de plutonio se apaga inexorablemente debido a las implacables leyes de la termodinámica. No se trata de un daño mecánico; simplemente el material radiactivo se descompone y pierde calor año tras año, disminuyendo su potencia eléctrica a un ritmo de 4 vatios anuales. Para mantenerla “viva” en ese frío absoluto, los técnicos han ido apagando la mayoría de sus instrumentos ópticos y científicos, dejando encendido solo lo mínimo para que no muera congelada. A sus 48 años de viaje, la sonda está ciega. Sin embargo, se desplaza a una velocidad pasmosa de 60 774 km/h. Se encuentra firmemente instalada más allá de la heliosfera y jamás volverá.
Muy pronto, el combustible atómico no bastará para alimentar sus calentadores vitales y la Voyager 1 se convertirá en un fantasma tecnológico: un trozo de metal mudo y ciego navegando en absoluta soledad. Pasará a ser un objeto a la deriva, un hermoso fósil espacial.
Para terminar este primer retazo, quiero evocar las palabras que pronunciara Carl Sagan cuando leyó públicamente su famosa reflexión sobre el “pálido punto azul”. Ocurrió el 13 de octubre de 1994 en la Universidad de Cornell (Ithaca, Nueva York), durante la lección magistral de astronomía titulada originalmente The Age of Exploration (La era de la exploración), celebrada en honor a su cumpleaños número 60 y como antesala del lanzamiento de su libro homónimo:
“...Vivimos nuestras vidas en ese diminuto punto de polvo suspendido en un rayo de sol. [...] La Tierra es un escenario diminuto en la inmensa arena del cosmos. Pienso en los ríos de sangre derramados por todos esos generales, emperadores, primeros ministros y presidentes, solo para poder, en su gloria y triunfo, ser los amos momentáneos de un rincón de un píxel... Pienso en las innumerables crueldades que los habitantes de un rincón de este pequeño punto han infligido a los casi indistinguibles habitantes de otro rincón; en lo frecuentes que son sus malentendidos, en lo ansiosos que están por matarse entre sí, en la intensidad de sus odios... Y creo que este diminuto punto de luz pálida desafía nuestras pretensiones, nuestra supuesta importancia y la ilusión de tener un lugar especial y privilegiado en el vasto universo. Nuestro planeta es un pequeño punto solitario en la gran oscuridad cósmica que lo envuelve. Y en nuestra oscuridad, en toda esta vastedad, no hay indicios de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos”.
Segundo retazo: Una mirada al profundo suelo
Desde la perspectiva de la historia de la geología, uno de los sismos antiguos más documentados por la escritura humana ocurrió en China en el año 1831 antes de Cristo, durante la dinastía Xia. Durante casi cuatro milenios después de ese registro, la mente humana siguió recurriendo a mitos y ficciones para no enloquecer. Los griegos, por ejemplo, culpaban a Poseidón, el dios de los océanos, quien cada vez que agitaba su tridente producía movimientos destructores y tragedias. En Japón, durante siglos, se creyó que un pez gato gigante que despertaba bajo el barro sacudía y destrozaba todo lo que estuviese sobre la frágil superficie. Las teologías monoteístas occidentales no se quedaron atrás y redujeron el fenómeno a la simple pero implacable ira de un Dios vengador, castigador de la soberbia de los hombres. El suelo, considerado sagrado, era sólido e inamovible por decreto divino.
El subsuelo de nuestro país se sacudió hace dos semanas, recordándonos la fragilidad de la vida y de nuestras construcciones. La Tierra, con su movimiento milenario, puso en evidencia la debilidad de nuestro control. Los sismos revelan una verdad física y geológica implacable; esto es, que estamos parados sobre placas tectónicas que se encuentran en constante y violento movimiento. A la Tierra, pudiéramos decir, le importa poco la especie autodenominada “privilegiada” que habita en su superficie. Este planeta, esta maravillosa roca solitaria, lleva más de 4540 millones de años moviéndose de manera completamente indiferente a nuestras civilizaciones, imperios y creencias; y lo seguirá haciendo durante miles de millones de años más, mucho después de que hayamos desaparecido.
Me gustaría extenderme y compartir un poco más sobre esta extraordinaria ciencia llamada geología que, como la astronomía, cumple para mí una misión ego-reductora, pues no en vano trabaja sobre dimensiones temporales y espaciales que rebasan dramáticamente la existencia humana. Pero lo dejaré para otra ocasión.
Por ahora, y para cumplir con el objetivo que me he propuesto en este retazo, diré que la geología física básica estudia los materiales que componen la Tierra: minerales, rocas y los procesos internos y externos que modelan nuestro planeta, incluyendo lo que, de forma relativamente reciente, se denomina tectónica de placas, sismos, vulcanismo y erosión superficial. Casi todas las civilizaciones, incluyendo la de nuestros hermanos ancestrales, han sentido milenariamente este inconmensurable poder; pero como un saber ordenado, provisto de método e investigación, podemos decir que comenzó a finales del siglo XIX. Fue entonces cuando una expedición británica a bordo del antiguo barco de guerra HMS Challenger, con propulsión a vela y un motor de vapor auxiliar, desafió los mitos de la época al realizar los primeros sondeos profundos con pesas de plomo y detectar una enorme elevación en el centro del Atlántico, hoy conocida como la dorsal meso atlántica.
Posteriormente, en la década de 1920, la expedición alemana del navío Meteor utilizó por primera vez la tecnología del sonar para cartografiar de manera sistemática aquella cordillera montañosa continua y accidentada bajo el agua. Este hallazgo físico coincidió en el tiempo con las revolucionarias teorías europeas de Alfred Wegener sobre la deriva continental y de Arthur Holmes sobre las corrientes de convección del manto terrestre. Fue sobre este robusto legado internacional que la Marina de los Estados Unidos y el laboratorio de la Universidad de Columbia construyeron sus investigaciones durante la Guerra Fría.
Confinada a su escritorio por los sesgos de género de la época, los cuales prohibían a las mujeres subir a los barcos de investigación por considerarse de “mala suerte”, la geóloga Marie Tharp analizó matemáticamente los nuevos ecogramas acumulados y descubrió, entre 1952 y 1953, una colosal grieta en forma de “V” en la cima de esa cordillera submarina. Al presentarle el hallazgo de esta grieta de expansión a su colega Bruce Heezen, el geólogo más influyente del proyecto en ese momento, descartó la evidencia tachándola despectivamente de “girl talk”; esto es, “cháchara de chicas”, desestimándolo como si fuese un chisme o una fantasía de mujeres que no merecía atención científica.
Pero Marie Tharp no se amilanó por eso. Al superponer ese relieve con el mapa de los epicentros de los terremotos, aportó la prueba gráfica e irrefutable que conectaba la geografía del suelo marino con las viejas teorías de Wegener, el meteorólogo y explorador polar alemán que, como un auténtico outsider de la geología clásica, había propuesto en 1912 la teoría de la deriva continental. Al observar que las siluetas de Sudamérica y África encajaban como un rompecabezas, y tras reunir evidencias fósiles idénticas en regiones separadas por océanos, Wegener había postulado que los continentes estuvieron unidos en un supercontinente llamado Pangea. Al final, la fuerza de los datos acumulados por Tharp aplastó el prejuicio, demostrando que la Tierra efectivamente se expandía desde sus costuras oceánicas y obligando a la escéptica comunidad estadounidense a aceptar el paradigma de la tectónica de placas.
Hoy en día, este esfuerzo cartográfico que inició con cuerdas y papel milimétrico se ha transformado en una disciplina de alta tecnología global. En pleno 2026, la exploración oceanográfica internacional utiliza flotas de satélites de altimetría de radar, vehículos autónomos submarinos profundos y proyectos de cooperación mundial como Seabed 2030, logrando mapear con alta resolución el relieve y la dinámica del subsuelo marino. Estos mapas modernos no solo validan la precisión histórica de los trazos manuales de Marie Tharp, sino que resultan indispensables para predecir sismos, comprender el almacenamiento de calor frente al cambio climático y descifrar cómo la termodinámica del suelo oceánico sigue moldeando el futuro de los continentes.
De hecho, unos años antes, en 1936, otra mujer, la sismóloga danesa Inge Lehmann, ya había descifrado las ondas de choque de los terremotos para revelar un secreto estructural del planeta. El descubrimiento del núcleo interno sólido. Hoy sabemos que el corazón de la Tierra arde a unos 6000 grados Celsius, una temperatura idéntica a la de la superficie del Sol. Las placas tectónicas son la cobertura y el sistema de ventilación de este cuerpo planetario que es un sistema termodinámico que disipa permanentemente su energía interna para mantener su dinámica geológica.
Para terminar este segundo retazo, resalto que nuestro planeta tiene 4540 millones de años de existencia, un suspiro frente a los 13 800 millones de años del universo entero, pero una eternidad inalcanzable para nuestra escala como Homo sapiens, una especie que apenas lleva unos rezagados 300 000 años sobre la superficie. Nuestro planeta lleva miles de millones de años en un indiferente e imparable movimiento tectónico. ¿Necesitamos más pruebas para demostrar que nuestras estructuras de poder son cómicas e insignificantes? Cuando las placas se acomodan, pueden borrar milenios de soberbia en un parpadeo, recordándonos que las leyes de la física y la geología operan con la misma fría neutralidad con la que el generador de la sonda Voyager avanza hacia la nada.
Tercer retazo: ¿Realmente somos seres de aprendizaje?
Si no olvidáramos lo inmensamente pequeños y frágiles que somos, tanto hacia el infinito cosmos como hacia la profundidad de la Tierra, tal vez la compasión, la solidaridad y el respeto a la diferencia no serían esfuerzos respaldados en leyes, sino condiciones biológicas de supervivencia. Si tan solo tuviéramos memoria geológica y cósmica, entenderíamos que no hay tiempo para la crueldad en un píxel pálido, azul. Ni espacio para la soberbia sobre una costra de piedra que se puede romper cualquier mañana. Reconocer nuestra insignificancia frente a la inmensidad del universo y la fuerza indiferente de las placas tectónicas parece ser en estos tiempos, el único resorte filosófico capaz de fracturar el egocentrismo humano.
Referencias bibliográficas:
Carta Batimétrica General de los Océanos (GEBCO) y The Nippon Foundation. (2026). Proyecto Nippon Foundation-GEBCO Seabed 2030. Portal oficial de la iniciativa global de cartografía oceánica.
Hutton, J. (1785). Teoría de la Tierra; o una investigación de las leyes observables en la composición, disolución y restauración de la tierra firme en el globo. Edimburgo: Real Sociedad de Edimburgo.
National Aeronautics and Space Administration (NASA). (2020). Un pálido punto azul: 30 años de la icónica fotografía de la Voyager 1. Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL).
Observatorio de la Tierra Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia. (2020). Sobre Marie Tharp: la científica que cartografió el fondo del océano. Portal conmemorativo de la Universidad de Columbia.
Sagan, C. (1994). Un pálido punto azul: una visión del futuro humano en el espacio. Nueva York: Random House (Edición en español por Editorial Planeta).
Wegener, A. (1915). El origen de los continentes y océanos. Braunschweig: Friedrich Vieweg & Sohn (Traducción clásica disponible en colecciones de geofísica histórica)

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