MASCULINIDADES EN LA FOBOCRACIA: LA ILUSIÓN DEL CONFLICTO Y EL PODER QUE NO CAMBIA
Feminismo, backlash y pensamiento binario en un sistema que se reconfigura sin transformarse
Por: Luis Alberto Torres Álvarez
No. No estamos viviendo una gran transformación del poder como anuncian los voceros autorizados de cada extremo en diferentes partes del mundo. Estamos viviendo algo más eficaz: la sensación de que todo está en disputa, mientras lo esencial permanece sorprendentemente estable. Se discute todo: democracia, libertades, igualdades, género, feminismo, masculinidades, ideologías, identidades. Se pelea en redes, en elecciones, en las corporaciones políticas y empresariales, en la calle. Todo parece moverse, todo parece ponerse en tensión, todo parece estar al borde del precipicio. Y, sin embargo, el poder, -en su forma más persistente- no entra realmente en crisis.
Cambia de lenguaje. Cambia de rostro. Cambia de enemigo. Pero no cambia de lógica. Ahí está el punto ciego. Y también la trampa. “Un fantasma ronda el mundo occidental, el fantasma de la religión…”. Así comienza la introducción del libro Has de cambiar tu vida de Peter Sloterdijk. La frase no es casual. Es una reescritura deliberada de aquella otra que, en 1848, abría el Manifiesto del Partido Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels: “Un fantasma recorre Europa…”. Pero Sloterdijk introduce una diferencia decisiva: el fantasma del siglo XIX, el comunismo, era lo nuevo que emergía; el del siglo XXI es un fantasma que regresa. No estamos ante una irrupción. Estamos ante un retorno.
A mediados de los años 2000, autores como Richard Dawkins, en El espejismo de Dios y Christopher Hitchens, en Dios no es bueno anunciaban el ocaso de la religión como forma dominante de organización del mundo. La fe era presentada, en ese momento, como una ilusión o como una estructura de sometimiento que debía ser desmontada por la razón. El problema es que la historia no obedeció a ese optimismo ilustrado. Lo que siguió no fue la desaparición de lo religioso, sino su mutación. No volvió necesariamente como doctrina, sino como lógica: como frontera simbólica, como criterio de pertenencia, como mecanismo de distinción entre los que “están en lo correcto” y los que no. Y en ese desplazamiento, el no creyente, o más ampliamente, el que no adhiere, deja de ser un simple disidente para convertirse, con inquietante facilidad, en sospechoso, en amenaza, en enemigo.
No es casual, entonces, que en escenarios de alta visibilidad política, desde la Casa Blanca hasta el Capitolio, bajo liderazgos como el de Donald Trump, lo religioso haya vuelto a escena con una centralidad que muchos creían superada. Oraciones públicas, invocaciones constantes, alianzas explícitas con sectores religiosos conservadores. No es un asunto de fe. Es un recurso de poder. Es la utilización de lo sagrado como dispositivo de legitimación y, al mismo tiempo, como frontera silenciosa que separa a los que pertenecen de los que quedan fuera. Y cuando esa frontera se activa en contextos atravesados por el miedo, deja de ser simbólica: se convierte en una herramienta eficaz para organizar el rechazo, justificar la exclusión y darle forma política al miedo.
No es, entonces, cualquier retorno. No es solo un fantasma. Es el retorno de una forma de organizar el sentido y, llegado el caso, de justificar la guerra: una sensibilidad religiosa que vuelve a ocupar el espacio público bajo nuevas formas. No necesariamente iglesias, no necesariamente dogmas explícitos, sino estructuras de creencia, obediencia y pertenencia que reaparecen en el corazón mismo de la mal llamada posmodernidad. Ese matiz cambia todo. Porque si lo que vuelve no es solo una doctrina, sino una forma de ordenar el mundo, entonces el problema no es únicamente político. Es también de mentalidad. Nos enseñaron a pensar mal.
O, siendo más precisos, nos enseñaron a pensar de forma funcional al poder primario: lineal, fragmentado, excluyente, binario. Un pensamiento que separa lo que está conectado, que simplifica lo complejo y que obliga a elegir entre extremos. Ese tipo de pensamiento no es ingenuo. Es construido para poder gobernar.
Ahí encaja lo que puede leerse en otra obra de Sloterdijk como una lógica de lo que denominó fobocracia: sociedades donde el miedo no es un efecto colateral, sino un principio organizador. Donde la política se estructura a partir de amenazas, reales o construidas. Donde el mundo se divide tercamente en bandos básicos: buenos y malos, derechistas e izquierdistas, negros y blancos, creyentes y ateos, porque el miedo - y el odio que lo acompaña- necesita esa falsa claridad, no matices. Y cuando el miedo, la rabia, la ignorancia y el resentimiento organiza, el pensamiento se empobrece. Si se mira desde ahí, la historia deja de ser una sucesión de eventos y empieza a revelar patrones.
El “fantasma del comunismo” anunciado por Marx y Engels no destruyó la estructura de poder; la evidenció, la tensionó, la obligó a mutar y, en muchos casos, terminó siendo absorbido por ella. Las promesas emancipadoras coexistieron con nuevas formas de dominación, y de cinismo. Cambiaron los lenguajes, no necesariamente las lógicas. Hoy asistimos a un movimiento similar, pero invertido.
El “fantasma” que describe Sloterdijk, un siglo y medio después, ese retorno de lo religioso, no se presenta como emancipación, sino como respuesta al desorden percibido. Se manifiesta como una sensibilidad política que mezcla miedo, identidad y promesa de restauración. No es difícil reconocerla en liderazgos como Donald Trump, Vladimir Putin, Javier Milei o Nayib Bukele, así como en diversas derechas europeas y latinoamericanas, incluida una versión colombiana particularmente ultra conservadora y tramposa.
No son idénticos. Pero comparten una impronta: orden y seguridad frente al miedo. Y ese orden, aunque no siempre se nombre, está atravesado por una lógica patriarcal: autoridad vertical, rechazo a la diferencia, a la vulnerabilidad, culto a la fuerza, dificultad para integrar el cuidado como principio político de convivencia.
En ese contexto, los estudios de masculinidades no son un lujo académico. Son un punto de cruce. El feminismo, en sus distintas olas, ha producido transformaciones reales: derechos, crítica estructural. Pero también ha sido incorporado, traducido y, en ocasiones, neutralizado dentro de un sistema que no deja de adaptarse. Primera ola, derechos. Segunda, estructura. Tercera, diversidad. Cuarta, denuncia global. El relato parece progresivo. Pero la realidad es más ambigua. Las olas no sustituyen: se superponen, se contradicen a veces y enfrentan una estructura que no permanece pasiva.
Ahora tenemos el backlash. Las manósferas. Las peores y más violentas reediciones del más execrable e inaudito machismo. Y no son un fenómeno marginal ni un simple exceso. Son espacios donde se organiza un malestar masculino que no ha encontrado otras formas de expresión. Operan, además, dentro de la misma lógica binaria que domina el debate público. No son externas al sistema. Son parte de su dinámica.
Y mientras esta confrontación ocupa la superficie, algo más profundo permanece intacto. Una estructura de poder que combina élites económicas y arquitecturas tecnológicas: la broligarquía, que no necesita declararse patriarcal para operar bajo sus lógicas: jerarquía, control, discriminación y acumulación. No necesita imponerse. Le basta con que el mundo se piense en términos que la favorecen. Porque esos términos, polarizados, simplificados, impiden ver el sistema.
En Colombia, esto se expresa con claridad. La política se presenta como una disputa entre extremos que exaltan y movilizan odio y miedo. El ciudadano es empujado a elegir entre amenazas. Entre resentimientos justificados. Y, en ese escenario, la clase media trabajadora y ahorradora, así como las pymes, quedan atrapadas en una narrativa que no transforma las condiciones de fondo.
Mientras tanto, los estilos de liderazgo, incluso los que se presentan como ruptura, siguen reproduciendo códigos machistas tradicionales: confrontación, verticalidad, incapacidad de integrar el cuidado como principio político. No es un error. Es continuidad. Y aquí es donde todo se conecta.
El fantasma del siglo XIX no destruyó la estructura: la obligó a mutar. El retorno religioso del siglo XXI no rompe con la modernidad: la reconfigura desde el miedo. La fobocracia organiza ese miedo como principio político. Y el pensamiento lineal impide ver que todo esto está profundamente interrelacionado. Ese es el circuito.
El miedo simplifica. La simplificación polariza. La polarización fragmenta. La fragmentación oculta la estructura. Y la estructura permanece. No porque sea invencible, sino porque no se está mirando donde realmente opera. Tal vez el problema no sea que haya nuevos fantasmas recorriendo el mundo. Tal vez el problema es que seguimos pensándolos como apariciones aisladas, sin reconocer que lo que verdaderamente persiste no es el espectro, sino la forma en que el poder se reorganiza cada vez que creemos haberlo puesto en evidencia para transformarlo.
Y en esa reorganización, más sutil, más adaptativa, más difícil de nombrar, el patriarcado no desaparece. Se actualiza. Y lo hace muchas veces, utilizando nuestra propia forma de pensar como vehículo.
Bibliografía: (para incomodar un poco más)
Dawkins, Richard. (2007). El espejismo de Dios. Madrid: Espasa-Calpe.
Hitchens, Christopher. (2008). Dios no es bueno: alegato contra la religión. Barcelona: Debate.
Marx, Karl, & Engels, Friedrich. (2010). Manifiesto del Partido Comunista. Madrid: Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1848).
Sloterdijk, Peter. (2010). Ira y tiempo. Madrid: Siruela. (Obra original publicada en 2006).
Sloterdijk, Peter. (2012). Has de cambiar tu vida. Valencia: Pre-Textos. (Obra original publicada en 2009).


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