“Deje así”: la lógica corporativa de la FIFA, dominación masculina y la renuncia ciudadana a una ética mínima.
- Luis Alberto Torres
- hace 1 día
- 6 min de lectura
Por: Luis Alberto Torres Alvarez
"Y sin duda nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser. Lo que es sagrado para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado".
En Ludwig Feuerbach, La esencia del cristianismo (1843), Prefacio a la segunda edición; citado por Guy Debord como epígrafe de La sociedad del espectáculo (1967).
La corrupción dejó de escandalizar. “Deje así”. Pocas expresiones describen con tanta precisión el espíritu de nuestra época. Es un coloquialismo o locución colombiana para terminar de forma educada una acción que ya no es necesaria o una conversación que no se quiere continuar. No es una invitación a la ignorancia ni una confesión de impotencia. Es algo mucho más sofisticado. Es la aceptación tranquila de aquello que sabemos que está mal, siempre y cuando no altere demasiado nuestra comodidad, nuestras emociones o nuestros hábitos. Incluso, tiene algo de pereza y desilusión. A veces, es la renuncia cotidiana a una ética mínima.
Tratándose de la corrupción esa expresión revela un nuevo significado. Deja de ser una excepción para convertirse en la regla, en un paisaje tolerado. El abuso deja de indignar y pasa a administrarse como parte del costo de seguir disfrutando aquello que nos produce placer. Quizá ninguna organización ilustre mejor este fenómeno que la FIFA. No porque sea la única corporación global cuestionada. Tampoco porque la corrupción sea un patrimonio exclusivo del fútbol. La FIFA interesa porque funciona como un extraordinario laboratorio para observar las transformaciones contemporáneas del poder.
En ella confluyen la economía del entretenimiento, la captura emocional de millones de personas, la gobernanza corporativa transnacional, la geopolítica, los grandes negocios y una capacidad casi inigualable para convertir el espectáculo en una fuente permanente de legitimidad. Es, además, un magnífico ejemplo de una forma de ejercer el poder que no depende exclusivamente de quienes lo ocupan, sino de una lógica profundamente patriarcal, en tanto jerárquica, vertical, competitiva, oscura y extraordinariamente eficaz para protegerse a sí misma.
Durante décadas, la organización ha sido objeto de investigaciones periodísticas, procesos judiciales y denuncias sobre sobornos, compra de derechos comerciales, clientelismo y turbiedad en la toma de decisiones. El llamado FIFAGate, que en 2015 llevó a la detención de varios altos dirigentes y destapó una compleja red internacional de corrupción vinculada a la comercialización del fútbol, parecía anunciar un punto de inflexión. Durante unos meses, el edificio dio la impresión de resquebrajarse. Sin embargo, no ocurrió nada significativo, ni ejemplar. Nada. Un largo e implícito deje así.
Cambiaron algunos nombres, hubo escándalos, se anunciaron reformas, se alborotaron ciertos círculos mediáticos, investigaron a Michel Platini, -exjugador de la selección de Francia para algunos un chivo expiatorio que salió absuelto en los tribunales-, se renovó el discurso institucional y el espectáculo continuó. Los estadios siguieron llenándose, los contratos comerciales aumentaron su valor, las audiencias crecieron y los mundiales conservaron intacta su capacidad de movilizar a miles de millones de personas. La pregunta no es por qué la FIFA sobrevivió. Las grandes corporaciones llevan décadas perfeccionando mecanismos de adaptación. La pregunta es otra: ¿Qué sucede con una sociedad cuando pese a conocer la corrupción deja de importarle las consecuencias?
Sabemos. Pero seguimos. Durante mucho tiempo creímos que los sistemas corruptos sobrevivían porque conseguían ocultar la verdad. Pensábamos que el problema era la falta de información, de transparencia. Bastaría con revelar los hechos, los nombres de las personas comprometidas para que la indignación produjera cambios. Esa confianza ilustrada en la fuerza emancipadora de la justicia, la verdad y el conocimiento parece hoy, por decir lo menos, ingenua.
Nunca habíamos dispuesto de tanta información sobre el funcionamiento del poder. Nunca habíamos tenido tanto acceso a tantos documentos, investigaciones, filtraciones, documentales, testimonios y análisis. Sin embargo, pocas veces parecemos tan dispuestos a convivir con aquello que conocemos, como si nada. Deje así.
Sabemos. Pero no importa. Sabemos que existen intereses económicos gigantescos detrás del deporte profesional, pero seguimos celebrando el torneo. Sabemos que las grandes corporaciones negocian privilegios fiscales, condiciones excepcionales y relaciones privilegiadas con gobiernos de todo el mundo, pero seguimos consumiendo sus productos. Sabemos que las emociones son administradas como un recurso económico de enorme valor y, aun así, entregamos voluntariamente nuestra atención, nuestro tiempo, nuestra identidad, nuestra alegría.
El cinismo no nace de la ignorancia; nace precisamente del conocimiento. El sujeto cínico sabe cómo funcionan las cosas, reconoce las contradicciones del sistema, incluso las critica públicamente, pero encuentra razones suficientes para continuar participando en él. Ya no necesita creer. Le basta con adaptarse. La vieja hipocresía consistía en fingir una virtud inexistente. El cinismo contemporáneo es mucho más eficiente pues reconoce la falta y continúa como si nada hubiera ocurrido. Deje así.
Pero claro, la FIFA no inventó esta lógica. La usufructúa, se beneficia de ella como tantas otras corporaciones, instituciones y personas. Sin embargo, sería un error reducir a la FIFA a una organización deportiva. Hace mucho tiempo dejó de serlo. Hoy administra una de las industrias culturales más rentables del planeta. Su verdadero producto no es un campeonato. Tampoco un reglamento. Mucho menos un balón. Su verdadero producto son las emociones, identidades y sentidos de pertenencia de millones de personas.
El fútbol contemporáneo vende algo infinitamente más valioso que un espectáculo de noventa minutos. Vende memoria, identidad, comunidad, nostalgia y reconocimiento, entre marcas famosas de ropa y zapatos deportivos, bebidas, comida chatarra, turismo y suvenires. Convierte una camiseta en un símbolo nacional, un club en una genealogía familiar y la selección de un país en una representación emocional de millones de personas.
No asistimos solamente a un partido. Participamos de un ritual. Y los rituales poseen una característica extraordinaria en tanto que suspenden temporalmente ciertas exigencias racionales que normalmente aplicaríamos a cualquier otra institución o dinámica. Pocas personas aceptarían que una empresa, una universidad o una organización internacional acumulara durante décadas semejante cantidad de cuestionamientos y desprestigio sin exigir transformaciones profundas. Sin embargo, cuando el escenario es un estadio repleto, cuando suena un himno nacional o cuando comienza una final mundialista, esa exigencia ética parece desplazarse hacia un discreto segundo plano. Deje así.
No desaparece. Simplemente deja de ser prioritaria. Me viene a la memoria, entre otros analistas, las voces críticas de Guy Debord, el filósofo, cineasta y escritor francés del siglo XX que comprendió hace casi sesenta años que el espectáculo no ocultaba la realidad; la sustituía. El problema no consistía únicamente en que las imágenes manipularan nuestra percepción. El problema era mucho más profundo, terminaban organizando nuestras relaciones sociales. Vivimos cada vez menos directamente y más a través de representaciones.
La intuición de Debord adquiere hoy una dimensión casi profética. El fútbol no se consume únicamente durante los noventa minutos del partido. Se consume veinticuatro horas al día mediante plataformas digitales, videojuegos, documentales, redes sociales, casas de apuestas, estadísticas en tiempo real, contenidos exclusivos y campañas publicitarias cuidadosamente diseñadas para prolongar la experiencia emocional mucho más allá del silbato final. El espectáculo no es un espacio dentro de la vida. Se ha convertido en una forma de organizar la vida.
Por eso, hablar aquí de dominación masculina exige una precisión indispensable. No se trata simplemente de constatar que los espacios directivos del fútbol han estado históricamente dominados por hombres. Eso es evidente, pero insuficiente para comprender el fenómeno. El patriarcado es, sobre todo, una estructura del poder. Un sistema de valores. Una forma histórica de organizar las relaciones humanas alrededor de la jerarquía, la concentración de autoridad, la obediencia, la competencia permanente y la dificultad para aceptar límites externos. Es una racionalidad que divide el mundo entre vencedores y vencidos, superiores e inferiores, amigos y enemigos. Una lógica binaria que simplifica la complejidad para hacer más eficiente el ejercicio del poder.
La FIFA resulta especialmente reveladora porque reproduce muchos de esos rasgos institucionales. Su estructura concentra enormes capacidades de decisión en una élite reducida; construye lealtades mediante complejas redes de representación política entre federaciones nacionales; negocia simultáneamente con gobiernos, patrocinadores, medios de comunicación y organismos internacionales; y protege con extraordinario celo su autonomía institucional. Como ocurre en muchas grandes organizaciones contemporáneas, la estabilidad interna suele depender menos de la deliberación pública que de la capacidad para administrar equilibrios de poder.
Reducir este fenómeno a "unos cuantos dirigentes corruptos" equivale a confundir los síntomas con la enfermedad. Las personas cambian. Las estructuras permanecen. Por eso el problema nunca fue exclusivamente del señor Sepp Blatter, Gianni Infantino o cualquiera de los personajes que han ocupado la presidencia de la organización y han estado cuestionados. El verdadero problema es una estructura institucional capaz de sobrevivir a sus propios escándalos sin alterar significativamente las reglas que los hicieron posibles. Y esa capacidad de supervivencia debería preocuparnos mucho más que la conducta de cualquier individuo.
Quizá la mayor genialidad siniestra de la FIFA no haya sido organizar el fútbol mundial. Ha sido conseguir que millones de personas separen cuidadosamente el espectáculo de la estructura que lo administra, como si fuera posible amar el primero sin preguntarse por la segunda. Tercerizó la culpa, trasladó al hincha el dilema moral, “si dejas de mirar por cuestionarnos, el que se queda sin la pasión eres tú, no nosotros”. Así, la FIFA se blindó; el amor por el juego actúa como un escudo indestructible para la corrupción de la organización. Deje así..
(Continuará en la segunda parte...)
Citas y referencias bibliográficas
Feuerbach, Ludwig. La esencia del cristianismo. Traducido por Wenceslao Roces, Fondo de Cultura Económica, 1973.
Debord, G. (1967). La sociedad del espectáculo (J. L. Pardo, Trad.). Revista Observaciones Filosóficas. /https://www.observacionesfilosoficas.net/download/sociedadDebord.pdf
Comentarios