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El Sur que habla con la gramática del Norte: ¿Quiénes son los arquitectos del abismo?

“Porque toda época fabrica sus visionarios: unos soplan eslóganes como si fueran profecías, otros dibujan utopías con la tinta de viejas cruzadas. Ambos prometen mundos nuevos, pero solo recrean el mismo teatro de vanidad y estruendo donde el ego se disfraza de destino colectivo.”


Por Luis Alberto Torres Álvarez – Contrapunto Masculino


Introducción


Hay una nueva estirpe de “pensadores” -y lo pongo entre comillas para no comprometer del todo mi conciencia- que se presenta como la vanguardia intelectual del siglo XXI. Unos predican la libertad absoluta del mercado, la salvación por la mano invisible y la épica del individuo que todo lo puede… excepto revisarse a sí mismo. Otros predican la protección del planeta, la sacralización de la Pachamama, el progreso infinito, la ética decolonial y la redención por la justicia climática… pero con el mismo puño cerrado de siempre, solo que ahora pintado de verde o morado sin ningún pudor.


Y ambos bandos, curiosamente enemistados, comparten la misma raíz: un machismo reciclado, disfrazado de teoría emancipadora – la guerra a muerte contra todo lo diferente- o de libertad heroica ¡carajo!, que no dudan en defender con una virulencia guerrera que avergonzaría incluso a sus ancestros ideológicos.


Son reciclajes de reciclajes: dogmas viejos en frascos nuevos, con una etiqueta más “cool”. Los primeros, amantes del mercado perfecto, no ven contradicción entre la libertad y la violencia simbólica con la que disciplinan a quien no compra su cuento. Los segundos, guardianes de la Tierra y profetas de la descolonización, no ven problema en imponer su moral como quien impone un ejército, convencidos de que el sur se salva repitiendo la gramática bélica del norte.


Ambos proclaman estar liberándonos del opresor, pero siguen atrapados en la misma lógica binaria que dicen haber superado: civilización o barbarie, patriarcado o matriarcado, libertad o esclavitud… y, por supuesto, ellos iluminando al resto como si fuéramos pueblos sin bautizar.


La ironía -del tamaño de un continente- es que mientras aseguran que están reduciendo su huella patriarcal sureña, en realidad solo la están maquillando: ya no huele a pólvora, pero sigue oliendo a testosterona mal administrada.


Vivimos en la época gloriosa en la que basta pronunciar la fórmula mágica -epistemologías del Sur- para que, de inmediato, nos sintamos más puros, más auténticos, más comunitarios y menos cómplices del Norte opresor y explotador…aunque sigamos leyendo en PDF, escribiendo en Word, citando a Heidegger y pagando Netflix. Se nos promete, con un entusiasmo casi sacerdotal, que la emancipación llegará apenas invirtamos el mapa conceptual: Sur arriba, Norte abajo, flechas invertidas, retórica renovada y por supuesto, un plan integral para la compensación de la huella patriarcal sureña, no vaya a ser que la ONU nos llame la atención.


La ironía es fácil, a prueba de tontos: queremos desmontar la colonialidad con herramientas coloniales, “liberarnos de Europa y Estados Unidos” gracias al pensamiento europeo, y crear un Sur libre que solo existe en las notas al pie de un paper aprobado por un comité editorial de Massachusetts. Y sin embargo, aquí estoy. Aquí estamos. Hablando desde un Sur que no termina de ser Sur, que se mira al espejo sabiendo que la imagen también fue importada, y que sospecha -con razón- de sus propias consignas.


¿Un Sur que habla con la gramática del Norte?


Dicen que venimos del Sur. Que somos hijos de un territorio que piensa distinto, que siente distinto, que resiste distinto. Pero cada vez que tratamos de nombrar lo que somos, cada vez que intentamos decir “esto es nuestro”, se nos escapa, por debajo de la lengua, un diccionario que no construimos nosotros. Un Norte agazapado en la sintaxis. Como si la descolonización fuera un eco: cambiar la imagen sin cambiar el marco. Invertir la brújula sin aprender a orientarnos. Porque el Sur, dicen, piensa comunitariamente… ¿pero de dónde viene esa necesidad de decirlo así, con esa oposición nítida, tan cartesiana, tan hegeliana, tan recortada en binarios? ¿De veras vamos a liberarnos del Norte usando el mismo cincel lógico que labró la jaula?


El Sur que proclama que no es el Norte sigue atado a la latitud del otro. Define su norte por el Norte. Se busca a sí mismo en un reflejo invertido. Es anti-algo, pero no sabe muy bien qué es por sí mismo. Y es que no basta con cambiar la narrativa: hay que cambiar la estructura.


La masculinidad que se cuelga en la cuerda floja


¿Y qué tiene que ver esta geopolítica sentimental con la masculinidad? Todo. Porque la masculinidad que intento construir o ¿deconstruir? —desde mi cuerda floja, con un delantal y un piano también corre el riesgo de repetirse: de ser el “anti machista” que sigue dependiendo del machismo para definirse, de ser el “hombre cuidador” que exige aplauso por hacer lo mínimo, de ser una masculinidad que se vende como nueva, pero todavía huele a archivo europeo del siglo XIX. Otro reciclaje. Otra huella patriarcal, pero esta vez, bio-compostable y de origen latinoamericano. Una patriarcalidad “eco-friendly” que no transforma nada, solo maquilla. La pregunta, entonces, es radical y sencilla:


¿Podemos imaginar algo que no nazca dentro de la cuadrícula del pensamiento que heredamos?


¿Podemos, como Sur, hablar con nuestra propia saliva? ¿Como hombres, vibrar con nuestro propio diapasón? ¿Como humanos, respirar fuera del globo conceptual que Europa nos prestó para mirar el mundo? Un Sur sin brújula. Quizá no se trata de inventar un Sur puro. Eso sería otro mito, otro destino manifiesto, otra misión civilizadora invertida. Quizá se trata, más bien, de aprender a caminar en la cuerda floja de lo híbrido: entre lo heredado y lo que queremos reinventar, entre la tradición y el desacato, entre la memoria y el cuerpo. Un Sur que no compita con el Norte, que no sea su sombra ni su revancha. Un Sur que desobedezca la gramática sin renunciar al lenguaje. Que use palabras prestadas para escribir conductas inéditas. Que reconozca la matriz, pero no se someta a ella.


Un Sur que, como un equilibrista, avance sin buscar un extremo desde donde definirse. Sin necesidad de medir su nueva “huella patriarcal neutralizada” en un formulario del BID.


La atmósfera que podemos crear


En esta época de esferas rotas y espumas frágiles, - parafraseando a Sloterdijk- cada quien habita su propia burbuja. Pero todavía hay algo posible: crear una atmósfera distinta, una forma de estar-juntos que no necesite binarios, ni patriarcados reciclados, ni nortes inventados, ni sures auto canonizados. Una masculinidad que no necesite enemigo, ni territorio, ni hemisferio, para existir. Esa es la apuesta. Ese es el riesgo. Caminar la cuerda no para llegar al otro lado, sino para mostrar que hay mundos que solo existen cuando los caminamos.

 
 
 

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