¿Transición energética y patriarcado extractivo?
- Luis Alberto Torres
- hace 9 horas
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Apuntes para un Contrapunto Masculino
Por: Luis Alberto Torres Alvarez
Hay una idea que incomoda porque obliga a pensar más allá de los lugares comunes: el patriarcado no es únicamente violencia de género ni un catálogo de conductas individuales reprochables. Es, ante todo, una forma de imaginar el mundo. Una arquitectura mental, emocional y política basada en la lógica de los opuestos: dominar o ser dominado, crecer o desaparecer, explotar o quedar atrás. Bajo esa empobrecida gramática, la naturaleza se convierte en objeto y el territorio en escenario de conquista.
La transición energética global, presentada hoy como el gran proyecto ético del siglo XX, no está necesariamente fuera de esa lógica. Puede reproducirla. Y cuando lo hace, deja ver algo inquietante: cambiar la fuente de energía no siempre significa cambiar la forma de pensar el poder y su ejercicio.
Desde este contrapunto, el patriarcado no se limita al ámbito doméstico o al conflicto entre hombres y mujeres u otras identidades. Es una racionalidad civilizatoria que privilegia la verticalidad, la competencia y la idea de que el progreso exige sacrificios inevitables. Por eso, la transición energética corre el riesgo de convertirse en una nueva frontera extractiva si no cuestiona esa raíz cultural.
Una rápida mirada a propósito de esa forma de pensamiento, ¿Qué está sucediendo hoy en América Latina?.
En Perú, la expansión de la minería ilegal en territorios amazónicos como La Pampa muestra cómo la demanda global por minerales puede converger con economías criminales que operan con violencia estructural. No es solo un problema ambiental; es la evidencia de que el mercado internacional continúa incentivando dinámicas donde el territorio se administra como una zona de sacrificio.
Chile enfrenta su propio dilema con el litio. El mineral que promete alimentar baterías eléctricas y reducir emisiones también tensiona ecosistemas frágiles y comunidades indígenas que advierten sobre la sobreexplotación hídrica en los salares del norte. La pregunta incómoda emerge sola: ¿qué tipo de sostenibilidad se construye cuando la solución tecnológica depende de intensificar la extracción?
En Ecuador y Colombia, los debates energéticos revelan otra capa del problema. Los Estados intentan equilibrar transición ecológica, seguridad territorial y presiones económicas globales, mientras redes criminales y cadenas transnacionales de suministro expanden su influencia. La sensación es que la capacidad estatal no alcanza, o peor aún, que los poderes locales se mueven dentro de márgenes estrechos frente a intereses económicos que exceden sus fronteras.
Y en el océano pacífico, estudios científicos sobre especies como el tiburón sedoso muestran que incluso las áreas protegidas resultan insuficientes frente a la pesca industrial. La naturaleza desborda las categorías jurídicas y económicas, recordándonos que la gobernanza ambiental no puede reducirse a líneas trazadas en un mapa.
Estos casos no son episodios aislados. Y más que síntomas son las consecuencias de una misma matriz cultural. La transición energética, si se mantiene anclada en la lógica patriarcal del dominio, puede terminar replicando el mismo modelo extractivo que dice superar: cambiar combustibles fósiles por minerales estratégicos sin transformar la relación entre humanidad y planeta.
El problema no es la tecnología. Es la imaginación política que la acompaña.
Desde una perspectiva de masculinidades en renovación, la pregunta adquiere otra dimensión. ¿Qué significa abandonar el paradigma del control? ¿Qué implica pasar de una masculinidad que conquista territorios a una que aprende a habitarlos? Tal vez el verdadero giro civilizatorio no consista en electrificar el mundo, sino en cuestionar la idea misma de progreso que nos llevó a esta crisis.
El patriarcado extractivo no solo perfora montañas o agota acuíferos. También modela nuestras emociones colectivas: el afán por crecer, el miedo a detenernos a tomar decisiones diferentes, que afecten lo menos posible los ecosistemas, la necesidad de demostrar poder a través de la expansión constante. Romper con esa lógica implica aceptar límites, reconocer interdependencias y abandonar la fantasía de que la naturaleza es un adversario a vencer.
América Latina está hoy en el centro de esa tensión histórica. Entre la promesa de un futuro descarbonizado y el peso de una historia marcada por el extractivismo, los territorios del Sur Global vuelven a ser escenario de decisiones tomadas lejos de sus fronteras. No es casualidad. Es la continuidad de una narrativa donde el centro define y la periferia provee.
Tal vez por eso la transición energética debería pensarse menos como una carrera tecnológica y más como una transformación ética. Una transición que no cuestione la lógica patriarcal del dominio seguirá caminando sobre la cuerda floja: avanzará hacia el futuro mientras repite los gestos del pasado.
Y ahí aparece el verdadero contrapunto masculino: no oponer cuidado a fuerza, ni naturaleza a desarrollo, sino desactivar la necesidad de elegir entre opuestos. Porque quizás el desafío más radical no sea producir energía limpia, sino aprender a habitar el mundo sin la obsesión de conquistarlo.
Fuentes:
Reportajes de Mongabay Latam sobre conflictos socioambientales recientes en Perú, Chile, Ecuador y Colombia relacionados con minería, transición energética y conservación marina.
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